Balas de plata
Montiel de Arnáiz
Feliz Carnaval
QUIZÁ sea un mito el despertar lúbrico de todo un país, una sociedad que se vuelve en su totalidad rijosa, millones de machos por desbravar campando por la piel de toro. Pero lo cierto es que lo que sucedió un poco antes y un poco después de la muerte del gran dictador fue una eclosión de pechos, muslos y entrepiernas que se multiplicaban en el cine, las revistas y las boités. Es lo que conocemos como la era del destape. Wikipedia, sin ir más lejos (y ya sabemos que, desde su invención, no solemos ir mucho más lejos), identifica a 35 actrices como integrantes del género del destape. Algunas son indiscutibles y forman parte inconfensable del rito iniciático de los que nacimos en la primera mitad de los años 60. O me van a decir que no tienen nada que contar acerca de María José Cantudo, Agata Lys, Victoria Vera, Susana Estrada o Nadiuska... sí, ya me lo sé, pero luego nos juntamos, sin esposas, en esas salidas nocturnas en las que las hazañas juveniles se agigantan hasta dimensiones alucinógenas, y empezamos a largar. Eh? ¿O no? Y, tarde o temprano, salen a relucir las 35 y alguna más.
Esta fenomenal industria, esta compartida e indisimulada efervescencia del bajo vientre, tenía su vertiente discográfica. Ana y Johnny fueron en 1976 el mejor ejemplo del hecho. Un extracto de la letra de su gran éxito Y yo también necesito amar : "Tómame, libérame del pudor y muéstrame tu cielo confortador". Lo dice ella, no él, que es verdad que no hace ascos y se le nota con ardores, pero lo de ella es un grito, textualmente un grito: ¡tu cielo confortador!. No es necesario extendernos. Llegábamos tarde, pero esto no era Je t'aime, ese susurro. Lo nuestro era de rompe y rasga, que es lo que pasa cuando uno se da cuenta de que es un perfecto reprimido.
En este caldo de cultivo se produce un fenómeno bipolar digno de análisis. TVE contrata ese mismo año, 1976, para conducir un programa a una italiana treintañera, rubia de bote, de largas piernas y que ya había triunfado en la RAI italiana en 1970 por tener la osadía de mostrar... el ombligo. Raffaella Carrá, así se llamaba, pasa a formar parte de nuestro paisaje. Sus canciones son directas. Afirma en sus temas de bailoteo que "para hacer bien el amor hay que venir al sur", lo que nos sube la moral porque, pese a la experiencia de las suecas (más una fabulación que una realidad: en Estocolmo no se percibe ese cruce de razas), los españoles hemos ido de boquilla y hemos sido más expertos en estas artes en velocidad que en resistencia: charla larga, carrera corta y sueño profundo (Sánchez Dragó, según cuenta él, estaba hecho de otra pasta, pero debe ser o bien una excepción o bien un bocazas; más bien era Óscar Ladoire en la primera película de Fernando Trueba, Ópera Prima -1980-, quien nos definía). Y esto era así más que nada porque nadie nos había enseñado que tuviera que ser de otra manera. De hecho, las españolas nos habían dado por imposibles. Pero venía una italiana y decía que era aquí, y no en otro sitio, donde verdaderamente se sabía de esto. Es más, llegaba a decir esta embajadora de nuestras desconocidas cualidades que, en el caso de que la relación acabara, "búscate otro más bueno, vuélvete a enamorar". Sin malos rollos. A rey muerto, rey puesto porque eran ellas las que mandaban. Todo un alegato feminista. En cierto modo, claro.
Pero se produjo casi paralelamente, ya en el 77, un fenómeno 2, un fenómeno que calificaría, como mínimo, de cool. Lo protagonizaron Mayte y María, dos bailarinas españolas del ballet de TVE que habían perdido el trabajo cuando llegó Valerio Lazarov con su sincopado ballet Zoom. Se buscaron la vida montando un dúo con un nombre verdaderamente cursi, Venus. Y no enganchaban. Fueron despedidas de un local de Zaragoza porque se las consideraba demasiado elegantes, es decir, porque no estaban en el listado de las 35 actrices del destape. Sí que por aspecto se las podía considerar algo timoratas en comparación con Raffaella, pero es que ellas eran españolas (de Logroño) en aspecto y espíritu, no como esa desvergonzada madre de las mamachicho y abuela de las futuras vellinas que marcarían la historia política italiana desde que Berlusconi fue nombrado el emperador que sucedería a Nerón. El encanto de la pareja española lo descubrió un tipo de Hamburgo en una actuación de las chicas en su destierro de Canarias. Lo consideró ideal para el público alemán, que nos sacaba varios cuerpos de distancia y que dedicaba su ocio, por entonces, a desentrañar las primeras películas de Fassbinder, lo que le llevaba su tiempo. Y el tipo de Hamburgo dijo: os llamareis Baccara, como esas rosas rojas de tallo largo. El nombre, no me dirán, era peor aún que Venus. Sus dos primeros mensajes, o mejor dicho, sus dos primeros singles, parecían contradictorios. Frente a la invitación directa de la rubia italiana de bote de largas piernas ("en el amor todo es empezar"), las españolas primero decían Yes, sir, I can boogie, lo que en román paladino, para los españoles, que entonces sabíamos menos inglés que ahora, quería decir, sí, señor, yo le doy al boogie. Y entiendo que nosotros nos figurábamos lo que era boogie porque se nos habían bajado con lo del destape buena parte de las neuronas a la parte media de nuestra anatomía. Pero luego decían lo siguiente: Sorry, I'm a lady. Que no se me ofenda nadie si digo que el 'sí, pero no' ha formado parte de la educación sexual de varias generaciones, lo que no tiene nada de malo, aunque posiblemente tampoco nada de bueno. Personalmente, a mí me ha llevado a traducir que cuando una mujer dice sí, en realidad está diciendo no y que cuando dice no también está diciendo no. No sé qué tendrían que ver las Baccara en todo esto, cuando yo era mucho más de la Carrá, pero luego he sido informado de que cuando dicen no es no y cuando dicen sí es sí. Que es tan fácil como esto, que somos los hombres pertenecientes a la nueva masculinidad (así de graciosos son los sociólogos) los que nos hemos montado ese pollo filosófico. Entonces yo explico lo de los dos singles de Baccara y que a mí nunca ninguna mujer me ha dicho 'muéstrame tu cielo confortador', que es lo único que interpreto como un sí, aunque con matices. Porque lo de la Carrá, para qué nos vamos a engañar, no me lo creí nunca. Y si este duelo germano-italiano fuera extrapolable (muy bien podría serlo) a la rígida paniaguada Merkel o al sátiro libertino Berlusconi, la verdad, pongo una equis.
También te puede interesar
Lo último
No hay comentarios