Obituario

Inolvidable padre Luis Castro

El sacerdote marianista Luis Castro. El sacerdote marianista Luis Castro.

El sacerdote marianista Luis Castro.

Comentarios 1

El pasado 14 de agosto recibíamos la triste noticia del fallecimiento del sacerdote marianista Luis Castro en Madrid, donde pasaba unas semanas de descanso veraniego. Había cumplido 92 años, viviendo los últimos 47 de ellos (casi la mitad de su larga vida) en la comunidad religiosa del colegio San Felipe Neri de Cádiz, cautivado por esta ciudad y querido por muchos miles de gaditanos.

Llegó a nosotros en 1972 procedente del colegio madrileño Santa María del Pilar. Los alumnos que por aquel entonces se adentraban en los difíciles años de la adolescencia se vieron sorprendidos por este inusual sacerdote guipuzcoano de mediana altura, indumentaria informal para la época, cejas pobladas, voz potente, gestos expresivos, sonrisa franca y permanente alegría. Pasaba los recreos y la mayor parte de su tiempo libre en el patio, que él denominaba “el corazón del colegio”. Allí mantenía animadas conversaciones sobre fútbol con chicos de muy diversas edades que se arremolinaban en torno a él. “¿Vosotros seréis seguidores del Cádiz, verdad? Yo soy de la Real Sociedad. Tenéis que ser fieles al equipo de vuestra ciudad, no al que más campeonatos gane”, les decía.

En sus clases de Religión y Filosofía se mostraba activo e imaginativo, explicando los contenidos con una sorprendente y divertida teatralidad, ofreciendo ejemplos ocurrentes y provocando la participación de los alumnos con preguntas que nunca dejaban indiferente. ¿Quién dijo que la Filosofía era aburrida? No era capaz de suspender ni castigar a nadie. Tampoco lo precisaba para sus fines.

Pero el aula se le quedaba pequeña para enseñar. Por eso desde el primer momento abrió de par en par las puertas de su despacho de la planta baja convirtiéndolo en un club social en el que invitaba a los alumnos de bachillerato a leer ‘La Codorniz’ y el ‘Por Favor’, escuchar música de los Beatles, Simon y Garfunkel, Serrat, Paco Ibáñez o Víctor Jara en un pequeño tocadiscos pick up rojo o jugar divertidas partidas de mus apostando apasionadamente crecientes puñados de garbanzos y alubias. Con aquella abarrotada estancia de cuyas paredes colgaba un pequeño crucifijo, una fotografía de la Virgen del Pilar, una toalla (a manera de bandera) de la Real Sociedad y un escudo del Cádiz CF y que en horas punta parecía el camarote de los hermanos Marx, el padre Luis ofreció a sus alumnos una ventana abierta a la libertad que pocos años después habría de llegar a nuestro país, una libertad que anticipadamente él ya estaba sembrando en esos jóvenes corazones en formación.

Convirtió su pasión por el fútbol en un instrumento de aproximación a los jóvenes y de educación. Organizó el Trofeo Luis Castro que, ya en su cuadragésimo quinta edición, no ha perdido una pizca de pasión y cuyo partido final es el plato fuerte de la fiesta anual del colegio, congregando a más antiguos alumnos y miembros de la comunidad colegial de los que el extenso patio puede acoger. Fundó la Peña Cadista San Felipe Neri, una inagotable cantera de “cadismo” que ha aportado cada domingo de fútbol un número incontable de fieles seguidores a las gradas del estadio Ramón de Carranza.

Pronto sus irrepetibles misas del Gallo y las dominicales despertaron tal expectación que acabaron atrayendo incluso a quienes por diversos motivos se habían alejado de las prácticas rituales de la Iglesia, provocando un constante problema de aforo en la amplia capilla colegial. Allí se le vio interpretar teatralmente sobre el presbiterio la huida a Egipto o la caída de San Pablo del caballo, bendecir las motos nuevas de sus alumnos o arengar a los presentes para que acudiesen esa tarde a arropar al Cádiz CF en el estadio Carranza. Pero también allí apoyado informalmente en el púlpito se le escucharon las homilías más cercanas y esperanzadoras que es capaz de transmitir un ministro de Dios.

Ayudaba económicamente y sin hacer preguntas a un número creciente de personas necesitadas que le requerían y esperaban todas las semanas a la entrada del colegio.

A medida que pasaron los años su fama se extendió por la ciudad mientras sus antiguos alumnos volvían desde cualquier parte de España o del extranjero para que les casase o bautizara a sus hijos. Y así, ya jubilado de la docencia en las aulas pero aún al pie del cañón como educador en el patio y en tantos otros espacios y momentos de la vida colegial, le fueron llegando numerosos reconocimientos oficiales, de los que las concesiones municipales de la Medalla de Plata de la Ciudad o el título de Hijo Adoptivo de Cádiz y el de Gaditano de Ley otorgado por el Ateneo son solo algunos significativos ejemplos. Todo ello desbordó indisimuladamente su felicidad pues, lejos de concebirlos como reconocimientos a sus indiscutibles méritos, los interpretaba y disfrutaba como gestos del generoso afecto que sus antiguos alumnos y los gaditanos en general le dispensaban.

Vivió hasta sus últimos años rodeado de niños y niñas a los que ya no impartía clases pero a los que continuaba cautivando con su extrovertida elocuencia, alegría y bondad. Y es que el conocimiento, la vocación y la experiencia hacen grandes profesores pero solo aquellos pocos que, como él, además están excepcionalmente tocados con el don del carisma alcanzan la excelencia como educadores sin necesidad de aula, mesa, pizarra, papel u ordenador.

El padre Luis no enseñó a sonreír a sus varios miles de alumnos pero dio sentido profundo a esas sonrisas ofreciéndoles en cada uno de sus propios gestos los rostros afables y alegres de Dios y de María. Vivió una felicidad desbordante, contagiosa y transformadora. Dio color al colegio y a nuestras vidas. Amó a Cádiz tanto como los gaditanos le amaron a él.Inolvidable e irrepetible padre Luis!Descanse en paz para siempre, querido amigo y excepcional maestro.

Carlos Aranda Linares

Ex alumno de San Felipe Neri

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios