Balas de plata
Montiel de Arnáiz
Feliz Carnaval
Exprimiendo su agenda en Cádiz y sin negar a nadie compartir un rato con todo un premio Nobel. Así se marchaba ayer Mario Vargas Llosa de la ciudad que le ha recordado a tantas urbes de su América natal, contemplando garitas, miradores y baluartes que le sonaban de mucho. Por la mañana, y aprovechando su estancia en el Parador Atlántico, los miembros del Club Liberal de Cádiz, con sus directivos Enrique García-Agulló, Rafael O'Donnell y Carlos Roca a la cabeza, le esperaban en una estancia del hotel para entregarle, cuatro años después de concedérselo, el premio '1812' "por su aportaciones a la difusión del liberalismo". Por marzo de 2010, el escritor no pudo viajar a Cádiz, de ahí que el Club aprovechara esta visita para entregarle la placa que le tenía guardada. El presidente de los liberales gaditanos, Enrique García-Agulló, se dirigía a otro convencido liberal como Vargas Llosa para pedirle "que siga siendo una especie de luz para nosotros". Porque el Club tiene la buena costumbre de entregar sus galardones "a quienes defienden la libertad" que se hizo letra "en la epopeya del año 1812".
"Conmovido" se mostraba el Nobel de Literatura al recibir el galardón de los liberales gaditanos, que defienden "las raíces profundas que la libertad tiene en Cádiz". Vargas Llosa alentó a defender la libertad "incluso en los países donde parece que existe de una manera irreversible". La libertad "siempre está amenazada y los peligros muchas veces nacen en las naciones más libres". Esto, según el escritor de Arequipa, "es un incentivo más para estar siempre alerta en esta batalla".
En un ambiente amigable y distendido, Enrique Montiel contaba a Vargas Llosa la travesura de un niño 'malo' llamado Enrique García-Agulló, que en una ocasión saltó la valla que rodeaba en la plaza de España el monumento a las Cortes de Cádiz para depositar flores ante La Pepa, cuando nadie celebraba por entonces el aniversario de su promulgación.
Los liberales acudieron al acto pertrechados de novelas del genio peruano, que no dudó en firmar ejemplares de todas las épocas, algunos de ellos leídos hace 30 años, luciendo gastados lomos y guardados como oro en paño. "Ahora que llega el verano y la humanidad se reconcilia con la lectura, le hemos traído estos libros", le dijo García-Agulló. Paciente con las rúbricas y las numerosas fotos, Vargas Llosa se marchaba con su placa bajo el brazo. La misma que tienen ya Bernardo Rabassa, Rodrigo Rato, Esperanza Aguirre, el Grupo Drago, Carlos Rodríguez Braun, Antonio Burgos, Carlos Dávila o Eduardo Zaplana.
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