Corina, el galgo Viento y una de papas 'cocías'

La peña La Corina, situada entre Sanlúcar y Chipiona, es uno de los sitios más singulares de la provincia para ir a comer Situado en medio de un campo ofrece huevos fritos con papas, pollo 'guisao' y, como estamos en Cuaresma, unas torrijas de postre

Pepe Monforte

26 de febrero 2016 - 06:55

Tres barriles anuncian en la carretera de La Reyerta, nada más salir de Sanlúcar para Chipiona, que has llegado a la Venta La Corina. Hay aparcamiento para media docena de coches. El que te recibe no es un aparcacoches, sino Viento, que da saltos de un metro de alto de alegría cuando te ve llegar. Tiene tres años. Es un galgo al que salvaron de morir atropellado en la carretera y él lo agradece a diario saludando de esta peculiar manera a todos los que llegan al establecimento.

La Corina no es sitio para milindris. No hay manteles de hilo ni copas de fino cristal alemán. A la entrada, transformada en macetero, descansa la barquilla Nuestra Señora del Carmen I que un día surcó los mares y que ahora pasa la jubilación repintada de mar azul del que sirve de casa a los langostinos de Sanlúcar.

El sentido de la vista no para de funcionar en el establecimiento. No te da tiempo a sorprenderte porque todo son sorpresas. Tres mesas cubiertas con un respeto de mantel de hule de a cuadritos coloraos abre paso hacia el comedor. Están flanqueadas por sillas de propaganda de Mahou... pero no importa, dentro tienen Cruzcampo de botellín, no se asusten.

Por las paredes macetas, una vieja cafetera y una madera encima de los servicios, eso sí muy limpios y con las puertas en estado de revista. En la madera blanca está lo que queda de Corina, la que da nombre al establecimiento. A Kiko 'Zaragüilla' su padre, José Rodríguez, le dejó una herencia... la vaca Corina. Con el tiempo Paco Rodríguez, que es el nombre en los papeles de Kiko, compró más vacas y puso una vaquería, pero a Corina le quedó una labor mucho más importante, la de ser la proveedora de leche de su familia. Con ella se alimentaron los cinco hijos que ha tenido con María Alhambra, su esposa y la cocinera de la peña La Corina.

La segunda herencia que le dejó su padre fue también el mote, lo de 'Zaragüilla'. El apelativo se lo ganó el abuelo que se dedicada a herrar caballos. Estos llevaban un delantal de cuero de nombre parecido y ahí le quedó.

En homenaje a la vaca, la canina de su cabeza es la que preside la entrada al salón principal, una antigua vaqueriza donde Paco Rodríguez guardaba el ganado cuando se dedicaba a la ganadería.

En 2007 el matrimonio decidió aprovechar los aledaños de su casa para poner en marcha una peña gastronómica y cultural. La idea es que tienen una serie de socios que se reúnen a comer y a charlar en el establecimiento, pero, de todos modos "atendemos también a las personas que se acercan hasta aquí y, si los socios presentes lo aprueban, se les permite tomar algo", señalan Paco y María.

En el comedor un cuadro con un árbol familiar donde se cuenta la historia de los 'Alhambra'. La parte baja de la pared está de rojo, como simulando el interior de un coso taurino. En las paredes hay también algún cartel de viejas corridas, algunos aperos de labranza, una foto de Camarón de perfil, un escudo del Cádiz y algunos chorizos de herradura colgados detrás del mostrador.

Tomamos mesa. Los socios presentes nos lo permiten. En la casa te reciben con un platito de 'papas cocías'... Sí, papas cocías sin ná, bueno, sin ná, no, porque llevan hasta el pellejo. Pero cuando pruebas las papas comprendes porque las ponen así, porque están buenísimas, jugositas, con un puntito de sal. La cosa tiene su historia. Este acompañamiento es muy habitual en Sanlúcar para el mosto. La pareja vino salvaje, comida salvaje no puede ser mejor. En La Corina hay mosto. En la puerta hay bandera colorá y dentro, tras el mostrador, un reluciente recipiente de acero inoxidable contiene el vino.

María se acerca a la mesa para decir lo que hay de comé. La lista es de cinco o seis especialidades, no hay más. Nos decidimos por unos tomatitos aliñaos para empezar y le pedimos que nos ponga unas tapitas. Un poquito de menudo, pollo guisao, unas croquetas de jamón y unas costillitas. Nos quedamos con las ganas de comer los huevos fritos con papas de la casa pero ya las barriguitas dicen "lleno hasta el esófago".

La cosa se ve venir. Paco se acerca a la mesa con una cesta presidida por un gran 'cundi'. Por el tamaño es de medio kilo. Debajo algunos piquitos. Lo toco y la corteza está más crujiente que las papas fritas que hace El Selu en el parque Calderón de El Puerto de Santa María.

El menudo viene en un tazón de cristal, rebosando. No te digo ná del 'panidaje' del caldo del menudo con el cundi de corteza crujientita y miajón prieto. Toquesito de picante. La receta del pollo, que se hace en su jugo, casi sin aceite, se la enseñaron a Paco en Melilla. La cocina de La Corina tiene cositas de aquí y de allí. Lo explico: María, de joven, sirvió en varias casas de gente de bien y aprendió a guisar cosas buenas. Llegó a estar en Valencia y en Asturias por lo que domina la cocina regional.

Llegan las croquetas, rellenas de jamón y adornadas con una fritá de papas. Las papas son una de las estrellas de la casa. De hecho el plato estrella son los 'huevos escondíos', un par de huevos de campo, de esos de yema cremosa, que no se ven porque van cubiertos de una fritá de papas y tropezones de chorizo frito. Los puedes pedir también con 'pajaritos de la huerta', unos pimientos fritos haciendo una corona alrededor. En ese caso se llaman huevos a 'la pastora'.

La verdura la traen de los huertos de la zona y el pescado frito que también ofrecen por raciones viene de Sanlúcar o de Chipiona. No hay carta fija, todo depende de lo que esté en temporada. Aquí el que inventó el congelador tiene poco negocio.

Hemos comido en el 'salón interior' pero la terraza no tiene desperdicio. Mesas recicladas de los más variados orígenes, suelo de albero o de hierba 'cuando es temporada' y todo rodeado de huertos. De techo un sombrajo. Por las noches, en verano, señalan que el espacio es de lo más agradable.

Paco se acerca para anunciarnos que el postre lo pone la casa... va a conviá (qué verbo más bonito). Sobre un platito de loza blanca, de los que utilizan para poner el café, dos tortas 'de horno', dos especie de pastas de té, pero en rural, adornadas con un poquito de matalauva. Otros días tienen arroz con leche o poleá y ahora, en Cuaresma, María puede sorprenderte con unas torrijitas.

Cuánto es... 16 euros (2 cervezas, un refresco, ración de tomate aliñao, tapas bien despachás y todas con fritá de papas de pollo en su jugo, costillistas, croquetas y menudo, más las tortitas de postre).

Paco y María se despiden preguntando cómo ha estado la cosita. Viento, ya en el aparcamiento, da otros saltos de un metro para despedirnos. ¡Vivan las papas cocías!

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