Balas de plata
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Feliz Carnaval
Ciudadanos de cádiz
E L nombre de Fernando Delgado Lallemand se relaciona en Cádiz con los análisis clínicos. Verdadero referente en este campo sanitario, a este médico gaditano nacido en 1939 en la Guinea Española también se le vincula con negocios de restauración, con los espléndidos edificios del casco histórico en los que ha residido con su familia y con los primeros años del Rastrillo y la asociación Nuevo Futuro. Crítico con la actitud interesada de los gobernantes de los dos principales partidos, Lallemand repasa su vida y los lazos que le atan para siempre con Cádiz.
-¿Cómo le llega la vocación médica?
-Por familia: mi hija Lola es la quinta generación de médicos en mi familia. Empieza con un Lallemand que fue médico de la Armada española, héroe en la guerra de Cuba donde murió a consecuencia de las heridas en 1898. Estuvo preso en Estados Unidos y murió. Este señor tuvo a mi abuelo, que fue médico ginecólogo, y a otro hijo que fue el almirante Lallemand, que entró en la Escuela Naval con plaza de gracia por haber sido hijo de héroe de guerra. Y mi tío Alejandro fue médico analista, luego yo y mi hija Lola. Son cinco generaciones. Espero que mis nietos sigan la tradición.
-¿Estudia Medicina en Cádiz?
-Sí, en Cádiz, en 1957. Y aquí sí que me aplico más que en el colegio porque empezó otra fase de vida en la que murió mi padre; entonces se quedó mi madre sola, con siete hijos y no había muchos recursos económicos.
-Entonces, decían, era la mejor Facultad de España.
-Bueno, por lo menos estaba cerca de mi casa y era muy cómodo. Entré con 17 años. Después me fui a la mili, obligatoria, y tuve la mala suerte de me tocara en África, en Melilla. Estuve 18 meses vestido de soldado, en el cuerpo de Sanidad, trabajando en el hospital militar.
-¿Era médico ya?
-Estaba terminando, entonces era obligatorio ir a la mili. Y me tocó Melilla. Era una época mala porque había guerra entre Marruecos y Argelia, el conflicto de Sidi Ifni... estaba todo muy liado. Fue una época muy rígida.
-¿Y profesionalmente le sirvió?
-No, al revés, fue un atraso porque en aquella época estaba haciendo pediatría y allí, en la mili, no podía, claro. Porque primero era soldado y después, médico. Imperaban el uniforme, las marchas militares, los desfiles, la guardia....
-¿Por encima incluso de la condición de médico?
-Sí, sí, nosotros estábamos en el hospital vestidos de soldados y con una bata encima. Pero el uniforme de militar estaba debajo, y las botas. Cuando acabé, me fui a Madrid a hacer la especialidad, en el hospital de La Paz. Allí en Madrid tuve la suerte de conocer a la que hoy en día es mi mujer, y desde entonces estamos juntos.
-¿Regresó a la pediatría?
-No, no, no. Mi verdadera vocación era la pediatría, pero perdí el contacto y como tenía antecedentes familiares de análisis clínicos, por mi tío, hice esa especialidad. Y me vine a Cádiz y me casé en 1969, en marzo. Fue en el Monasterio de Piedra, en Zaragoza, porque mi mujer era de un pueblo de allí. El monasterio es precioso, y fue una boda muy bonita porque estaba nevado, a final del invierno, aquel día cayó una nevada tremenda. Yo me he casado tres veces con mi mujer: en 1969, después a los 25 años en Cádiz celebramos las bodas de plata y después, en un viaje que fuimos a Israel, nos casamos en Caná. O sea, que ya llevamos tres bodas.
-Cuando se instalan en Cádiz, ¿lo hacen en el casco histórico?
-Sí, casco histórico. Mi primera vivienda de casado era una especie de apartamento en una azotea de la calle Cánovas del Castillo. Al piso le decíamos palomar, tanto que cuando nació mi hija Lola pensamos en llamarla Paloma, pero en aquella época murió mi abuela, que se llamaba Lola, y así se quedó. Después nos fuimos a un edificio en la Laguna y, luego, nos trasladamos a un ático en la calle Marianista Cubillo, y de ahí nos vinimos a la calle Veedor, donde hemos vivido 25 años.
-Volvió, pues, al casco histórico, ¿le gusta?
-Sí, sí , yo soy hombre de casco antiguo, me gusta.
-¿Es de los que se pierde en Puertatierra?
-No, no tanto, voy todos los días porque trabajo en Puertatierra, pero me gusta el casco antiguo. De hecho, tengo un hermano que vive en El Puerto y viene aquí, se asoma al balcón y dice: "En una tarde, por delante de tu casa pasa más gente que por la mía durante un año". Y es que esto es muy distraído.
-¿Y cómo ha llevado vivir 25 años en un palacio, palacete o como se le llame?
-En una casa, en una casa...
-Señorial, por lo menos...
-Le llaman en Cádiz casas palacio, pero la realidad es que lo compramos porque de soltero vivía en la calle Veedor, 8, la casa de enfrente, y se quedó vacía y estuvo cerrada 16 años. Yo, de pequeño, tenía la ilusión de comprar esa casa y cuando pude, la compré.
-Es una casa con historia, además.
-Sí, es una casa histórica. Tengo por ahí la historia de la casa...
-¿Vivió en ella el duque de Wellington?
-Sí, estuvo alojado pero poco tiempo, unos días.
-Pero le hemos puesto una placa, como a todo en Cádiz.
-Sí, sí (ríe), sí porque merece la pena. Además, hicimos una fiesta siendo yo el propietario de la casa y vino un batallón inglés que desfiló hasta San Antonio, estuvo el embajador...
-¿Es un privilegio vivir en ese tipo de casas?
-Bueno... es una casa muy bonita, incómoda para vivir, porque es muy fría. Yo le decía Siberia. Esta casa de ahora es una maravilla, hemos ganado en calidad de vida, porque los radiadores allí eran impensables, una casa de una magnitud, con unas dimensiones que no había posibilidad de calentar la casa. El invierno, frío. No había ascensor. Era una casa, eso sí, que sorprendía a la gente, y yo vivía con mis hijos estupendamente.
-¿Tuvo visitantes ilustres aquella casa?
-Sí, sí...
-Aunque Pierce Brosnan, cuando rodó en Cádiz James Bond, no llegó a ir.
-Bueno, se comprometió a venir, llegó en coche, vio 50 ó 60 personas en la puerta, entre ellos el Kiki con su cámara. Pasaron dos cosas: el coche en el que viajaba rozó con una valla de la Casa Pemán que estaba en obras, por la aglomeración de gente que estaba allí, y luego cuando se fueron a bajar, en la puerta, pensaría: "Esto es peor que Hollywood". Y se fue a Chiclana. Venía con la mujer y sus hijos.
-¿Han pasado más actores por la casa?
-Sí, se han alojado muchos actores y se han rodado películas. Me hice muy amigo de Anthony Quinn. Se alojó allí cuando vino a Cádiz a rodar Aris, una serie de televisión sobre la vida de Onassis, y después me invitó varias veces. Nos invitó a su casa de Nueva York y después a Viena. Era un hombre muy espléndido, con varios hijos. Una vez le preguntaron a Lorenzo cuántos hermanos tenía y dijo. "No sé, los están contando".
-¿Su relación con los actores vino a través de su casa?
-Sí, por la casa y porque en ella había un restaurante, La Montera. También estuvieron las protagonistas de Las chicas de oro. Hemos conocido a muchísimos actores... y gente ilustre. Hemos dado fiestas flamencas con los cuadros de La Perla, con Conchita, Bendito, la gente de Cádiz. En una estuvieron Antonio Ordóñez, el torero; Sandra Domecq, la mujer de Bertín Osborne, Lorenzo Quinn...
-¿Convertía usted a Cádiz en una Marbella pequeñita?
-Sí, Sí (ríe).
-Pero con discreción, porque no trascendían estas fiestas.
-No, no, eran cosas privadas. Tengo fotos de muchas de ellas.
-Además del centro de análisis clínicos, tenía usted el restaurante de Veedor, y el salón de té Bonsai en la calle Brasil, ¿se considera un emprendedor?
-Bueno, es que yo he sido siempre un poco inquieto. No tengo problemas económicos, porque siempre he sido autónomo, pero me gustaba crear empresas. He llegado a tener 34 empleados. También mi mujer me apoya mucho, porque a ella le gusta y es muy trabajadora.
-Pero por lo que más se le conoce en Cádiz es por los análisis clínicos: ¿la empresa era de su tío o la crea usted?
-La creo yo. Empecé a trabajar con mi tío, pero llegó un momento en que quería independizarme. Como él estaba en el casco antiguo, en la calle Veedor, yo me establecí en Puertatierra, en el edificio Vistahermosa, en el año 73.
-Dicen de usted que ha sangrado mucho a los gaditanos.
-Efectivamente (ríe), mis amigos me dicen el vampiro, porque donde veo una vena pongo la aguja rápido. He presumido precisamente de que yo sacaba la sangre sin causar dolor, menos a Pérez Sauci, que era el que más miedo tenía del mundo, tenía que ir corriendo detrás de él para sacarle sangre. Creo que por nuestra clínica ha pasado casi todo Cádiz: hemos hecho más de un millón de análisis.
-Y si le hacemos un análisis de sangre a Cádiz, ¿cuál sería el resultado?
-Bueno, pues... la sangre envejecida, un poco anémica (ríe) y que necesita un transfusión. Habría que hacerle el grupo sanguíneo...
-Que sería el universal, claro.
-Bueno, ahí estaría el truco, en el grupo sanguíneo y en el RH (ríe). Yo creo que una buena transfusión sería bueno...
-¿Porque hay poca sangre en Cádiz?
-No, no , no, la sangre no. Lo que pasa es que es una ciudad vieja y está en un momento crítico, y necesita la transfusión ahora porque necesita recuperarse.
-Hay que buscar donantes.
-Ese es el problema, el problema está en los políticos. Cádiz tiene un problema: estamos entre dos aguas, por un lado la Junta de Andalucía y por otro el Ayuntamiento. Lo que es bueno para uno es malo para el otro, y entonces están en guerra y los perjudicados somos nosotros, los gaditanos. Tendrían que ponerse de acuerdo y tirar del mismo carro a la vez.
-¿No le echa usted la culpa al ciudadano, al gaditano, al que muchos acusan de dejadez?
-No, no, el gaditano es pa comérselo, el problema está en lo que acabo de comentar. Hablando claramente: si una cosa para la derecha es bueno, para la izquierda es malo, y al revés. Hay que estar por encima de los partidos y con gaditanismo tirar hacia adelante en la misma dirección.
-Mientras, la ciudad languidece, con cifras de paro insoportables.
-Sí, claro, pero en fin, eso es la crisis tan tremenda que tenemos, pero creo que con una buena transfusión de sangre y con el tiempo se irá arreglando.
-Su nombre va también ligado al Rastrillo.
-En el año 90 nos ofrecieron hacernos cargo de la asociación que acogía niños, Nuevo Futuro, y esta asociación hace tradicionalmente en Madrid el Rastrillo, en Navidades y de día. Y yo propuse hacerlo distinto en Cádiz: de noche y en verano. Y la verdad es que funcionó. Ha habido años que ha dejado un beneficio tremendo, de 20 ó 30 millones de pesetas, cifras astronómicas en los primeros años. Mientras que estuvo en nuestras manos, diez años, fue siempre un éxito de público y económico. Llegamos a tener hasta siete pisos y más de 40 niños alojados.
-¿Usted tenía la impresión de que aquello era solidaridad o beneficencia?
-Bueno, claro, era una obra asistencial. La recaudación era para mantener los pisos de los niños. Siempre que me llaman para cualquier cosa solidaria, acudo. Pero no es que yo lo busque. Yo no soy solidario per se. Si me llaman y hay que colaborar, colaboro, pero no es mi meta.
-Creo que alguien sí fue muy solidario con usted...
-Sí, eso es una experiencia muy bonita. Fue mi mujer quien me donó un riñón. Date cuenta de que yo estoy vivo porque ella quiso, porque dejaron de funcionarme los riñones, me pusieron en diálisis.
-¿Y esa solidaridad es impagable.
-Hombre, eso no tiene precio. Ahora estamos aún más unidos.
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