¿Un ChatGPT Salud del sistema?

La ciudadanía ya consulta a la inteligencia artificial sobre su salud y muchos profesionales la usan en su práctica. La cuestión no es si la IA entra en la sanidad, sino cómo se gobierna

Desarrollar una herramienta oficial no significa crear un ‘médico automático’.
Desarrollar una herramienta oficial no significa crear un ‘médico automático’. / Archivo

02 de febrero 2026 - 11:55

Tengo la impresión de que el lanzamiento de ChatGPT Salud por parte de OpenAI no es un episodio tecnológico más. Puede ser el síntoma de un cambio profundo en la relación entre la ciudadanía y los profesionales de la salud, y entre ambos y el propio sistema sanitario.

Un informe recientemente publicado sobre los primeros meses de uso de esta herramienta por parte de la ciudadanía en Estados Unidos ofrece pistas relevantes. La salud se ha convertido en uno de los principales motivos de uso de modelos conversacionales: más de 40 millones de personas en el mundo estarían consultando a diario cuestiones relacionadas con su salud, y una parte significativa lo hace de forma semanal.

Este escenario obliga a plantearse si la adopción masiva de estas herramientas es una moda pasajera o algo que ha venido para quedarse. Si es lo segundo —y todo apunta a ello—, el dilema ya no es si estas herramientas deben existir, sino cómo minimizar efectos no deseados, reducir desigualdades y transformar ese uso en valor sanitario. Más aún cuando cada vez más profesionales sanitarios utilizan ChatGPT u otras herramientas de inteligencia artificial como apoyo en su práctica clínica.

La pregunta, por tanto, no es si la inteligencia artificial entra en la sanidad, sino cómo entra. Y ahí la respuesta debería pasar por una alianza entre ciencia, profesionales, gestión pública y ciudadanía para garantizar una innovación con garantías. En este contexto, cabe preguntarse si tiene sentido disponer de un ChatGPT Salud oficial, vinculado a un servicio regional o al conjunto del Sistema Nacional de Salud, y cumpliendo las garantías legales. O si, por el contrario, este tipo de soluciones acabarán consolidándose en el ámbito privado, con aval institucional de sus accionistas.

Mi visión es que una herramienta pública podría tener mucho sentido desde una perspectiva de salud pública. Si no lo hace el sistema público con reglas, lo hará el mercado sin ellas. La ciudadanía se apoyará, de forma natural, en lo que tenga más a mano y no necesariamente en lo más seguro. La IA generativa puede ayudar a las personas a sentirse más informadas, preparadas y confiadas al gestionar su salud, pero precisamente por eso convendría canalizar esa utilidad potencial dentro de procedimientos válidos y seguros.

Desarrollar una herramienta oficial no debería interpretarse como crear un “médico automático” ni una consulta clínica virtual, sino como un apoyo que refuerce la práctica clínica basada en la evidencia. Este potencial se vería reforzado si en su diseño participaran organizaciones profesionales y sociedades científicas.

Una IA generativa oficial en sanidad también puede ayudar en tareas que el sistema realiza con frecuencia y no siempre de forma óptima: traducir lenguaje técnico, explicar incertidumbres, anticipar riesgos y mejorar la comprensión de la enfermedad por parte de los pacientes.

Patrones de uso

El informe aporta además información valiosa sobre el uso real de la inteligencia artificial en salud. Más allá de las cifras, lo relevante son los patrones de uso, que se agrupan en siete grandes categorías. La primera es la interpretación de síntomas y la decisión sobre los siguientes pasos. La segunda, la preparación de la consulta médica, mejorando la descripción de síntomas y la formulación de preguntas. La tercera es la traducción de informes médicos, actuando como una herramienta de alfabetización sanitaria. La cuarta se centra en dudas sobre medicamentos: posología, seguridad, efectos adversos o interacciones.

La quinta categoría es la salud mental y el bienestar, mediante apoyo conversacional para ansiedad, estrés o insomnio. La sexta es la navegación por el sistema sanitario, que en Europa incluye la gestión de citas, derivaciones, derechos del paciente o segundas opiniones. La séptima es el apoyo al autocuidado y a la cronicidad, incluyendo hábitos saludables y seguimiento del plan terapéutico.

Estos datos invitan a una reflexión: ignorar el fenómeno o afrontarlo. Me inclino claramente por lo segundo y por desarrollar una estrategia de gobernanza de la IA en salud que permita aprovechar su potencial mediante una herramienta oficial orientada a mejorar la eficiencia del sistema y la salud de la ciudadanía.

El uso de IA en salud por parte de ciudadanos y profesionales ya existe y en buena medida ocurre fuera del radar institucional. Avanzar hacia un ChatGPT oficial del SNS será un camino complejo que exige condiciones estrictas: transparencia y explicabilidad, evaluación independiente de seguridad y sesgos, garantías de privacidad y una estrategia explícita de equidad. Si millones de personas y miles de profesionales consultan IA, ¿no sería razonable disponer de una herramienta pública integrada en los itinerarios asistenciales?

La respuesta no debería ser un sí ingenuo ni un no conservador, sino un sí condicionado. Un asistente oficial del Sistema Nacional de Salud debería asentarse sobre cuatro pilares: finalidad clara (información y educación sanitaria, no diagnóstico ni tratamiento), seguridad clínica, gobernanza del dato y equidad en el acceso. Si se cumplen estas condiciones, la inteligencia artificial puede convertirse en una palanca de modernización, no para sustituir profesionales, sino para devolver tiempo clínico a lo clínico y mejorar la eficiencia organizativa.

El informe de OpenAI es una señal de época. La cuestión no es si nos gusta, sino si permitiremos que evolucione sin supervisión o si construiremos un marco de seguridad, equidad y valor público. La sanidad no puede limitarse a observar la transformación digital: debe gobernarla, con un principio rector claro, que la inteligencia artificial amplíe el bien común y no la desigualdad.

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