Provincia

La saga de carteros de Benamahoma

  • Tres generaciones de una misma familia de la pedanía grazalemeña han llevado el servicio de Correos desde su casa durante 86 años

  • Ahora se ha modificado el sistema

En la calle Real, en la pedanía grazalemeña de Benamahoma, hay una casa cuya fachada guarda la tipología propia de la zona: blanco en sus paredes y tejas. No se diferencia de las demás, excepto por un rótulo tintado en azul que pone 'Correos'. Para cualquier visitante la leyenda pasará desapercibida pero en este domicilio particular se escribe la historia de una saga de carteros, que han llevado el servicio de Correos, en este pueblo, y desde su propio hogar, nada menos que durante los últimos 86 años.

Tres generaciones de la misma familia han sido los encargados de repartir durante casi nueve décadas consecutivas las cartas a los habitantes de esta pedanía, que en la actualidad roza los 450 vecinos y que dista unos 13 kilómetros de Grazalema y cinco de El Bosque. Todos ellos bajaban diariamente hasta El Bosque para recoger las misivas, certificaciones, paquetes y demás y subían para repartirlos de puerta en puerta. Lo hicieron los últimos 86 años y hasta el mes de noviembre de 2017 cuando la empresa estatal decidió no renovar el contrato a la última cartera de la familia. Desde entonces, personal de la oficina central en El Bosque sube a diario hasta el pueblo para hacer el reparto y atiende, durante un corto periodo de tiempo, a los clientes en una oficina que el Ayuntamiento benahometano ha puesto en las mismas dependencias municipales para ahorrar traslados a los propios vecinos, explica el alcalde pedáneo de Benamahoma, Manuel Tovar.

Ramón Salguero sustituyó a su suegro Plácido, y sus hijas lo han hecho con élEste año un empleado sube al pueblo, donde el Ayuntamiento ha facilitado un despacho

"Se ha perdido una tradición". Esta frase ha sido el mantra de la vecindidad desde que se supo que la familia Salguero-Calvillo terminaba su vinculación laboral con Correos.

El reparto lo inició el abuelo Plácido Calvillo Horrillo, que a lomos de animales de carga era el encargado de recoger, con remuneración económica, la correspondencia en El Bosque cuando las cartas las traía 'el correo', es decir, los autobuses de línea que llegaban al municipio. "Mi suegro se tiró lo menos 40 años repartiendo las cartas en el pueblo". Lo dice Ramón Salguero Acosta, que 'heredó' el trabajo del padre de su mujer y estuvo haciendo la misma faena otros 40 años. "Pero yo ya iba a las oficinas de El Bosque. Hice mis exámenes correspondientes para sacarme el título. Era personal laboral de la plantilla", comenta el hombre, que ha estado en estos menesteres hasta hace siete años cuando se jubiló. Tras sus pasos, sus hijas Silvia y Rosa María han seguido con la misión otros seis años más, encadenando cada una de ellas, contratos intercalados de seis meses de duración, hasta el año pasado, que Correos decidió rescindir su relación laboral con ellas.

Pese a ello, las huellas quedan. En el domicilio familiar que ha servicio durante tantos años de oficina de Correos el rastro es aún visible. Los moradores conservan el buzón en su puerta, aunque anda sellada la boca con un plástico para que nadie eche cartas. Atravesando el humilde saloncito, Ramón enseña lo que fue su oficina, donde aún perduran sellos de antaño, con los que certificaba los envíos y atendía a la clientela en los procesos que necesitaban. "A mí me pagaban tres horas de servicio. Recogía las cartas que llegaban a mi casa, bajaba al Bosque, recogía la correspondencia y subía para repartir. Había días que te faltaba tiempo pero, bueno, se compensaba si sobraba otro día", recalca este hombre, de profesión carpintero, que simultaneaba ambos oficios para mantener a la familia.

Muchos vecinos han tenido que 'invadir' a deshora la intimidad familiar, pero a esta saga no le ha importado pese a que algún inspector les reclamaba que pusieran un cartel visible con los horarios en la puerta de la casa. "Yo cómo iba a hacer eso. Si venía alguien a las diez de la noche a mi casa con un paquete para enviar no la iba a echar. Cómo íbamos a comparar esto con una capital si aquí nos conocemos todos", asevera Ramón. El alcalde pedáneo Manuel Tovar atestigua que la entrega de esta familia a Correos ha sido de 24 horas.

"Como un 061", dice el regidor, que está junto a Ramón y su hija Rosi. El responsable municipal también parece un todo terreno pues, en menos de media hora, atiende a numerosos vecinos que lo paran por la calle para informarle de la avería de algo o la demanda de otra cosa. Por su parte, Rosi asiente que este oficio ha sido "un orgullo" para toda la familia. "Hemos estado toda la vida. Sin fallar ni un día", añade la cartera. Para Ramón el peso de la tradición es importante. Le hubiera gustado que las hijas hubieran seguido la labor. Para ellos ha sido como "para una familia de guardias civiles u otras profesiones, donde parece que el servicio se lleva en la sangre", dice.

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