Huelga de médicos. Del 16 al 20 de febrero, los médicos de la Sanidad Pública estamos convocados a la huelga en todo el territorio nacional.
No conozco a un solo médico que le guste la medida. Y menos aun a los responsables del sindicato médico. Estos prefieren la negociación y el acuerdo, sin lugar a duda. Ello deriva del rechazo instintivo del colectivo profesional hacia el conflicto laboral y la huelga. Y esto es consecuencia de la naturaleza especialísima del desempeño, del que poco más hay que decir.
De hecho, nuestro derecho a reivindicar mejoras laborales a veces entra en conflicto con nuestra vocación de servicio. La tendencia tradicional es que la presión asistencial limite el ejercicio de los derechos laborales y que la propia conciencia del médico le haga huir de medidas como la huelga. Todo ello hace de la medicina pública un terreno abonado para el abuso laboral continuado, el chantaje o la intimidación.
La normativa que rige nuestro trabajo es obsoleta y hostil. El Estatuto Marco de las Profesiones Sanitarias es un texto de 2003, acordado entre el ministerio de Sanidad de entonces con los sindicatos mayoritarios de clase, ajenos y hostiles a la problemática específica de la profesión médica.
Al pretender su renovación, la actual ministra Mónica García ha repetido el patrón tradicional de negociación, con el mismo resultado: diluir nuestros problemas profesionales y aplazar su solución sine die. Una desconsideración impropia de una médica y, por tanto, buena conocedora de la cuestión.
Por poner un simple ejemplo de fácil comprensión de lo hostil de la normativa para el médico, basta citar la reglamentación de las guardias médicas. Todo ciudadano, antes o después, contacta con el médico de guardia. El ciudadano sabe que siempre va a estar ahí, en su puesto. Y ello vertebra el territorio nacional tanto como la Guardia Civil.
Las guardias médicas son obligatorias. Su frecuencia viene regida por un principio de interpretación tan laxa como “las necesidades del servicio”. En plata, lo que tu director gerente imponga. Imagínese en verano, con media plantilla de vacaciones. En este sentido, las consabidas 35 horas semanales valen para enfermeros, auxiliares de clínica, celadores y otras categorías profesionales. En contraste, los médicos pueden hacer 60 horas semanales o más, si así lo exigen “las necesidades del servicio”. En la práctica, disfrutar de un fin de semana completo lejos del tajo se convierte en algo rarísimo para un médico. Concilie usted así, si tiene narices.
Exceso de horas que, por si fuera poco, tiene una consideración especial, recibiendo por ello una retribución sustancialmente inferior a la de la hora ordinaria. Sin que, además, cuente como tiempo trabajado para la jubilación, a diferencia de otros colectivos, como bomberos, policías y otros.. ¿Quieren ustedes que les cuente más problemas? Me harían falta varias páginas del periódico.
Estas no son cuestiones a dirimir en la comunidades autónomas, sino en la normativa básica. En el ministerio, vaya. Este es el momento, y miles de médicos lo saben. Se juegan el proseguir o no una vida profesional (que se come la mayor parte de la vida) regidos por el dictado de unas “necesidades del servicio” cada vez más asfixiantes. Y han aprendido de sus mayores: la queja de bar o de pasillo no lleva más que a la depresión o el consabido burnout.
Es por ello que, puestos por fin en pie contra la insensibilidad y el cinismo de tantos políticos y cargos de confianza que se escudan en una normativa que les da patente de corso, los médicos de todo el país no tienen más remedio que ir a la huelga para exigir un estatuto propio donde desactivar los abusos que llevan décadas haciendo un infierno de nuestro trabajo.