Y aunque fuese verdad

Hay declaraciones políticas que no son verdad, pero que, aunque lo fuesen, serían igual de equivocadas

La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, ha declarado que las flamantes subidas de impuestos no serán notadas por la achicharrada población, qué va, y que las empresas no tienen por qué repercutirlas. Aunque me encantaría creerla, entran dudas. No porque no derroche convicción, sino porque fue la animosa ministra que dijo de mil doscientos millones de euros: "Eso es poco, chiqui, eso es poco".

¿Van las empresas a asumir voluntariamente su tasa Tobin y su tasa Google ("eso es poco, chiqui") recortándolas de sus beneficios? ¿Vencerán la tentación de trasladar el nuevo impuesto del Gobierno a los votantes del PSOE y de Podemos y, de paso, a los demás, incluyendo los abstencionistas? Si sí o si no, será muy fácil de comprobar y veremos si tiene razón la ministra o la mayoría de los economistas.

Mientras la mano invisible echa sus cuentas, hay algo de lo que ya podemos estar seguros. Que esto ocurre porque el Gobierno ha incrementado sus perspectivas de gasto para hacernos aquella jugada contra la que tan claramente advirtió Tocqueville: comprar los votos de los ciudadanos con nuestro propio dinero. Y para tener con qué pagar tantos apoyos políticos como ha necesitado Sánchez para llegar al poder. Esto es mucho, chiqui, y desestabiliza cualquier presupuesto, pero de ello la ministra no dice ni mu.

Es como cuando la compañera de gabinete de Montero, señora Calvo Poyato, afirmó que "el dinero público no es de nadie". Podríamos haber discutido si no era de nadie o del contribuyente y demás tecnicismos, pero lo indudable es que, aunque hubiese sido verdad, esa teoría del pastizal público como bien mostrenco… le sentó de pena al PSOE. Por ese principio teórico terminaron teniendo sus problemas prácticos con la corrupción.

Aquí pasa lo mismo: veremos si los impuestos repercuten o no sobre los ciudadanos y qué efectos tienen en la economía de las empresas, pero está claro -por el otro extremo de la operación- que, aunque fuese verdad que los nuevos impuestos se quedasen en los balances estancos de las grandes corporaciones, ir alimentando con más y más dinero público una administración manirrota no puede hacerle ningún bien a la gestión gubernamental. Del mismo modo que un obeso morboso tendría que preocuparse al menos tanto de la frugalidad de su dieta como de la cantidad de alimentos de su despensa, es Hacienda la que tendría que poner tasa (a su afán recaudatorio).

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