Su propio afán

El veneno sutil

Comparando cosas incomparables, podemos estar cometiendo un error no sólo de lógica

Recibo un mensaje: "¿No te está resultando interesante ver cómo el periodista que por la mañana festeja que la chica de 16 pueda abortar sin el consentimiento que necesita para la excursión al Escorial del martes con el cole, cuando llega el telediario de la tarde esté completamente escandalizado de que su noviete americano no pueda ni pedirse un whisky hasta cumplir los 21 pero sí tener un rifle desde los 18?" Pienso que, con más gracia, es el artículo que ya escribí hablando de la incoherencia de la ley del aborto. Sin embargo, aprovechando que "no hay mejor espejo/ que el amigo viejo", descubro un fallo en esta argumentación, que ha sido la mía hasta ahora mismo.

Estamos cayendo en una trampa muy sutil. Todos nos hemos apresurado a hacer las comparaciones del aborto con las excursiones del colegio y la prohibición de tomarse no sólo una cerveza sino incluso una copa de fino antes de los 18 años. Naturalmente partimos de la base (que todo el mundo entiende y comparte) de que el aborto es más grave y que, por eso, resulta tan incoherente permitir lo más cuando se prohíbe taxativamente lo menos.

Pero el aborto es un acto de una gravedad incomparable. Ni siquiera son comparables para decir que es más grave que fumar. Porque al comparar, por el precio de hacer una gracieta, Irene Montero y todos los proabortistas nos cuelan de matute una trivialización. Entra dentro de lo comparable, sí, y, por tanto, de lo bromeable, de lo políticamente discutible, si quieren. Las comparaciones son odiosas en cuanto que, para marcar una diferencia, han de partir de una identidad implícita.

La única comparación que permite el aborto es con la eutanasia, que el Gobierno también ha aprobado, sacando todo lo que llevan dentro. Ahí, sí, porque hablamos de muerte y con el beneplácito y la subvención de un Estado que se quiere garante máximo de todos los derechos.

Entonces sí que podemos extrañarnos con esta comparación. Son muchas más las garantías que se exigen para la eutanasia: plazos, dictámenes médicos, asesoría, etc.

Y también eso es incoherente. En la eutanasia, si las cosas se hiciesen como se dice, impera la decisión de la persona que va a ser sacrificada; mientras que en el aborto, el feto, con todo lo que él puede (que es su latido y su aferrarse a su voluntad de vivir) clama que no quiere ser eliminado. Esta comparación es más ajustada, y también en ella sale perdiendo el aborto.

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