Cuando ya creíamos estar curados de espanto, Sanidad ordenó retirar 140.000 mascarillas defectuosas, que usaron los sanitarios durante semanas. No es broma. Las batas de fabricación casera que utilizan en los hospitales no están mucho mejor. "Nos envían a la batalla con fusiles malos", se lamentaba un profesional. Pero algunos, desde el puente de mando, alejados de la zona Covid, sugieren que no pasa nada: tranquilos, pronto os haremos los test. En lugar de limitarse a trasladar los avances y comentar las decisiones que se adoptan para frenar la pandemia -admitiendo las dificultades y carencias- muchos agradaores cuentan mentiras y lo único que logran es aumentar los rumores y desestabilizar a la gente: ¿qué más da si contagias a tus pacientes, al frutero o a tu padre mientras llegan los test, verdad? Total, con más de 20.000 muertos, unos positivos más... Les encanta fomentar la censura y son manejados como títeres por sus dirigentes. Y así, nadie sabe a ciencia cierta qué pasará: entre cifras inexactas y datos falsos, este país de pandereta exhibe su alma cainita. Capaces de exportar portaaviones e inventar el autogiro o el submarino, también somos capaces de lo peor, acosando a sanitarios con mensajes anónimos. ¿Qué país es este? Más que como españoles, nos comportamos como hinchas de un partido u otro, de un equipo u otro, incluso, en mitad de una pandemia.

Casi en ningún otro país se limitan tanto los movimientos y nos lo repite mil veces el presidente Sánchez como la mejor noticia. Menos mal que ayer anunció que, empezando por los más pequeños, recuperaremos un trozo de nuestras vidas. Más nos vale, porque cada día nos parece todo más absurdo, confinados por una fuerza de la naturaleza sin control, que nos lleva a pensar que tenemos la culpa. Como el protagonista de El Proceso, de Kafka, vivimos arrestados sin que nadie nos haya detenido, y sin saber por qué: ¿se escapó el virus de un laboratorio?, ¿llegó la III Guerra Mundial? Si China saca la vacuna, sabremos quién gana.

Muchos, angustiados, cada vez se relajan más saliendo a diario a respirar, sujetos a la desesperación. A la vuelta no saben si bañarse en lejía a 60 grados. Son tantos los bulos, que el conocimiento es limitado, si no estamos atentos. Los partidos no dejan de pegar tiros al aire, con la esperanza de que el virus arrastre al adversario. En lugar de fabricar acuerdos, fabrican mentiras y las usan como un arma más, jugando a que la sociedad no distinga la realidad. Los bulos son tan viejos como la política, pero los gestores del sistema nunca contaron con una herramienta tan poderosa como las redes para escupir su propaganda desde sus artefactos mediáticos. Informan de todo gratuitamente y por nuestro bien, porque su afán no es otro que proyectar a los medios como enemigos públicos. Todo sea por la libertad de expresión, aunque sus canales sólo publiquen las noticias que ellos bendicen. Faltaría más. Y mientras combaten la información veraz, el daño causado por la desorganización del territorio, con todas las competencias de Sanidad transferidas, es letal. Las autonomías apuraron tanto sus competencias, que el Gobierno no tiene margen. Y Sánchez, para colmo, carece de liderazgo para poner a cada uno en su sitio. Casado podría ayudar, pero vive tan pendiente de no diferenciarse de Vox, que carece de carisma y discurso propios. Parece mentira, pero es la única verdad, junto a las miserias de nuestros sanitarios.

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