Crónica personal

Pilar Cernuda

El rostro de Zapatero

16 de diciembre 2010 - 08:08

SI la cara es el espejo del alma, Zapatero debe estar pasándolo regular. No es un secreto que tiene problemas con una de sus hijas, y le honra sentirse preocupado; lo que no encaja en un presidente de Gobierno es que su vida personal esté condicionando tanto su acción política. Porque el rostro de Zapatero refleja que duerme poco y mal, sus ojeras son profundas. Pero cuando la televisión recoge primeros planos en las sesiones de control, de las pocas veces que aparece en público, se ve algo más detrás de esas ojeras: indiferencia ante lo que sucede a su alrededor, ante lo que escucha. Como si pasara de todo.

No es de recibo que haya delegado en sus vicepresidentes determinadas presencias. En el partido confiesan su inquietud por no haberle visto en actos de relevancia, como por ejemplo la proclamación de Alarte como candidato a la Generalitat de Valencia; y también ha cancelado en el último momento su anunciada asistencia a la inauguración del AVE a Cuenca, que electoralmente cuenta mucho para el PSOE porque la otra inauguración, la del AVE a Valencia, además de los Reyes, va a tener importantes protagonistas del PP, como Aguirre y Gallardón en Madrid y Camps y Barberá en Valencia. Para Barreda, que Zapatero se encontrara junto a los Príncipes en esa inauguración demostraría el interés del presidente por La Mancha. Pero no fue, siempre encuentra excusas de última hora. Como es más inaudito todavía que no acuda al Congreso de los Diputados cuando se debata y vote el decreto que amplía el estado de alarma. Tiene un Consejo Europeo en Bruselas, pero a partir de la una de la tarde; la Mesa del Congreso no habría tenido ningún problema en aceptar el adelanto de esa sesión para que asistiera el presidente y votara el decreto o incluso lo defendiera. Lo lógico, dada su envergadura.

La indiferencia que transmite es sorprendente. Rajoy ha expuesto un panorama desolador en la sesión de control, y Zapatero se limitó a leer las medidas sociales aprobadas durante su mandato, sabiendo como sabe que la mayoría de ellas no se han aplicado en sus justos términos por falta de presupuesto. Y cuando desde la oposición, desde cualquier sector, se ponen "peros" a sus decisiones, en lugar de defenderlas, arremete contra el que las crítica, que es lo fácil.

No está el país para aceptar de buen grado un presidente que ha renunciado al contacto con los demás, que no aparece cuando se le necesita, que legisla a golpe de decreto ley sin negociar con los restantes partidos o con los afectados, y que no despeja incógnitas que son clave para la estrategia de su partido, como por ejemplo saber si pretende repetir candidatura. El PSOE no merece esa actitud. O más bien: no la merecen los españoles. Y menos aún con la que está cayendo.

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