Postdata
Rafael Padilla
Todo se puede decir
Ahora no recuerdo si he escrito ya algún artículo loando la procrastinación. Que la he practicado está fuera de toda duda. De hecho, estoy escribiendo este artículo sobre la campana, mismamente. Sus ventajas son muchas. “Tú lo llamas procrastinar, yo lo llamo pensar”, sostuvo –just in time– Aaron Sorkin. Es cierto: como tu mala conciencia está activa se te ocurren más cosas. No hay que dormirse ni en los laureles de la satisfacción y el deber cumplido. También hay veces que no haces algo y luego, en el último momento, no hacía falta hacerlo. O cambian las circunstancias. La emoción del vértigo también cuenta.
Pero hoy quiero hablar de la retrocrastinación. De no ponerte a picar piedra a toda prisa, pero por una razón distinta: porque delegas en el pasado, en la costumbre, en la tradición, en los usos de tus mayores, en los clásicos y en los maestros. Es una pereza reverente. La esperanza en el pasado se llama confianza.
Los fanáticos de la libertad individual tienen que estar todo el día autodeterminándose. No es mi caso. Mis asuntos están encomendados a menudo a las gentes de antaño. Llevo las cuentas como hacía mi abuela. Pienso con Aristóteles. Vivo donde vivieron mis mayores. Amo a mi mujer con un amor que delimitaron con muchísimo talento los poetas provenzales. Milito en el partido de Dante. Miro la lluvia con los ojos de mi abuelo. Diría que sólo mis defectos son originales, pero sería una presunción, porque también son consuetudinarios, aunque de peor calidad. El único pecado que no cometeré seguro es el original.
La novedad está sobrevalorada. Yo sólo recurro a ella cuando me coge desprevenido o con prisas. A veces me critican porque cito mucho en mis artículos. Y lo hago porque si la idea es de otro, mejor ser agradecido que cuco. También me da un plus de seguridad, lo reconozco, pensar lo mismo que Kierkegaard que lo primero que se me ocurra y ya.
No vengo a criticarle si usted es muy original. Si lo hace bien, le citaré encantado y respetuoso. Le agradeceré la innovación, que pasará a formar parte de mi tradición, en cuanto supere unos estándares de calidad en trascendentales (bondad, verdad y belleza). Lo de los estándares no es por ser fastidioso ni tiquismiquis. Es que la retrocrastinación, ya que juega con tiempo, no se conforma con cualquier cosa.
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