Crónicas del retornado

Guillermo / Alonso / Del Real

A propósito de Onan

17 de julio 2016 - 01:00

S e ha vituperado mucho a este personaje bíblico y hasta se ha identificado su nombre con la masturbación. Se llama onanismo al hábito masturbatorio de forma completamente errónea, porque en realidad lo que hacía el hermano de Er (Onán) era lo que antes se llamaba "coitus interruptus", cuando la gente sabía latín. Como ahora lo que se lleva es el inglés, sería algo así como "sexit" (como lo del brexit: sex + exit), o sea, la famosa marcha atrás en términos vulgares.

En realidad este pobre individuo tenía razones de carácter económico y social para practicar esta forma de coito, porque se vio obligado a casarse con la viuda de su difunto hermano (Tamar se llamaba la señora) con el objeto de proporcionarle a éste descendencia póstuma, lo que le relegaría en términos sucesorios a un lugar secundario. Con que lo hacía con sus muy buenas razones, por mero interés y no por mala voluntad.

La ley judaica era la ley judaica y no se andaba con chiquitas; así que el hombre fue condenado a muerte por Jehová, o sea, que se lo cargaron.

No sé qué humorista rizó el rizo, definiendo el neologismo "onanito", como "hombre de pequeña estatura entregado al vicio solitario". La iglesia católica se tomó el asunto mucho más en serio y, Jerónimo de Estridón y Clemente de Alejandría dijeron en su momento que la masturbación era pecado, así como el "sexit".

Hay que ver lo que aprende uno leyendo. Posteriormente diversas congregaciones religiosas explicaron a los escolares que, si uno practica el onanismo, vamos, la masturbación, se queda cieguecito; encima de acabar en el infierno.

De esta manera se mantenía a la muchachada en un conveniente estado de temor, lo que la hacía manipulable del todo, salvo casos de insolente resistencia al acoquinamiento. Lo del infierno, no sé, pero los daños oftálmicos me parece que no, porque muchos antiguos compañeros míos de instituto gozan de una vista de lince, y eso que…

Un punto de vista diferente apunta Antonio Machado en sus "Apócrifos": "pero a veces sabe Onán / mucho que ignora don Juan". Con que seguimos con el personaje bíblico distorsionado a vueltas.

Ni quito ni pongo rey, porque no soy ningún moralista y me limito a prestar algunas referencias al distinguido lector.

En cualquier caso la masturbación mental, en el sentido de autosatisfacción intelectual o afectiva, parece muy presente en la actualidad. Lo que llamaríamos "mecachis qué guapo soy".

El nuevo traje del rey lo viste el más pintado sin el más mínimo pudor y hasta con regodeo. Claro que para mostrar tan obscena actitud es imprescindible toda una corte de tiralevitas y palmeros.

Porque es bien curioso que una actividad, en principio sumamente privada, se ejerza en estos tiempos a bombo y platillo.

Algunos ex - políticos nos han salido especialistas en la materia. Ponen paño al púlpito y sueltan cualquier ocurrencia de probable origen masturbatorio con la mayor seguridad del mundo y se quedan tan anchos, tan a gustito, diría yo. "Ustedes, lo que tienen que hacer es…" Más que nada porque lo digo yo y punto. Se trata de conductas abiertamente impúdicas y, desde luego, nada respetuosas hacia sus receptores, a quienes se viene a tratar de merluzos, pardillos o cretinos.

Lo gracioso es que parte del auditorio prorrumpe en vítores y aplausos, asumiendo así la condición de gilipollas que les ha sido gentilmente asignada. También están los espabilados y vivillos, a los que viene de perlas el "argumentum auctoritatis" (argumento de autoridad), para arrimar el ascua a su sardina.

La autocomplacencia es un camino seguro hacia el disparate, pero da lo mismo. Siempre es bueno recordar a Esopo en su fábula de la rana y el buey, que cuenta, en síntesis, cómo una rana quiso hacerse gorda como un buey. Se hinchó, se hinchó hasta que, finalmente, explotó como un globo. Ya sé que la intención de Esopo era otra, pero no sé qué extraña asociación bovina me ha venido a la cabeza.

Precisamente en estos tiempos no se sabe si post o pre electorales abundan masturbadores públicos, que te ponen el famoso cuadro de Dalí ante las narices día tras día. No parece que aporten soluciones, ni piensen demasiado en los intereses de la gente; se limitan a exhibir su ego desmesurado en tono apodíctico. Personalmente me parece muy irritante, pero hay un auditorio agradecido que, no sólo los soporta; sino que incluso los jalea.

Periódicos nacionales de gran tirada (es un decir, porque, lo que es, eso de las tiradas pasó a la historia) se enganchan a los pontificales sermones del masturbador ocurrente con el objeto no especialmente ético de apoyar los intereses de sus amos. Conducta, por cierto, no menos impúdica que la del propio pontífice.

Pues nada, a disfrutar del Levante, que llegó tirando bocados.

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