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Juan M. García Ruiz

El pánico es el peor enemigo

17 de marzo 2011 - 01:00

NO vi nada en Niigata que hiciera sospechar que un terremoto brutal se hubiera producido a tan solo 200 kilómetros al este. Salté del autobús, caminé a la estación y tomé el Shinkansen hacia Tokio. Iba prácticamente vacío. Pasé las dos horas del trayecto durmiendo profundamente y, como si fuera un japonés más, me desperté unos minutos antes de llegar a la estación central de Tokio. Allí tomé un taxi hacia el hotel en el que mi colega, el profesor Tsukamoto -cuya mujer llevaba cuatro días en su casa de Sendai sin luz, calefacción ni agua- me había reservado una habitación. Tsukamoto-sensei no había dormido en las ultimas 30 horas y tenía cara de cansancio. Tras el abrazo también se fijó en mi rostro demacrado por la falta de sueño y la angustia. Pensé quedarme en Tokio un par de días para descansar. En la recepción me dijeron que el segundo día no habría desayuno y que no podían limpiar la habitación. La explicación era sencilla. El país, y particularmente esta inmensa urbe que es Tokio, tenía un gran problema de energía y habían reducido el flujo de trenes de cercanía, esos trenes que traen cada mañana desde el extrarradio a los millones de personas que vienen a trabajar en esta ciudad de múltiples corazones. En uno de ellos, en Akasaka, estaba el hotel en el que me hospedaba. Cenamos en la calle, unos fideos japoneses con tempura de vegetales y gambas en uno de los escasos restaurantes abiertos, pues el racionamiento energético también afectaba al comercio. Entramos en un supermercado en el que me fijé en que bastantes baldas estaban sin comida. Demasiadas cosas me empezaban a recordar a Sendai. Mi colega sigue empeñado en hacer sus experimentos en vuelos parabólicos la próxima semana. Son experimentos que se realizan en un avión que sube y se deja caer en picado varias veces, con lo que se consigue reducir la gravedad y hacer flotar a los pasajeros por unos segundos que se aprovechan para hacer experimentos. Si duda los estudiantes adoran este trabajo. Pregunté por todos los que habían quedado en Sendai para ultimar los preparativos del vuelo previsto desde mucho antes del terremoto. La Universidad de Tohoku había decidido cerrar hasta abril e incluso cancelar el acto formal de la graduación. Muchos de sus 30.000 estudiantes que no son de Sendai querrán volver a sus casas y eso va a empeorar la salida.

Volvimos al hotel. Por la noche tembló dos veces no muy fuerte. Pensé en esa gran réplica que se prevé en Tokio. Me pregunté ¿otra vez? No le tenía miedo al terremoto sino a lo que venia después: otra vez no entender las llamadas de alarma, ni las recomendaciones, ni las respuestas a mis preguntas en inglés, otra vez la angustia de estar a ciegas. Era como jugar una partida de ajedrez sin conocer las reglas. Pierdes, seguro. No, me dije, mañana me voy. Recordé que el conserje del hotel comentó que estaban cancelados los trenes al aeropuerto de Tokio y que los autobuses no tenían horario por falta de combustible. No, la salida es como entré: el Shinkansen a Osaka. La estación estaba a diez minutos en taxi y en último caso podía ir andando. En la agencia de viajes de Granada, Mario y Martha ya me habían cambiado la fecha de salida hacia Dubai desde Osaka. Decidido. No me volví a acostar. Me duché, esperé hasta las seis de la mañana. Llamé por teléfono a Tsukamoto: me voy a Osaka ya. Nos veríamos en la Escuela Internacional de Cristalización que organizamos cada mayo en Granada. Cuando estaba en el taxi, me despidió sin aspavientos: "No te olvides de pedir los recibos de todos los gastos para reemborsartelos. Buena suerte". Casi reí y lloré a la vez.

El Shinkansen de las 6:26 de la mañana no iba lleno. Es verdad que en la espera hablé con una familia que, al completo, huía de Tokio. Pero no había aglomeraciones. El viaje a Osaka fue absolutamente normal. En la parada de Kioto se veían en el andén turistas japoneses que visitaban la histórica ciudad. Es obvio que los problemas creados por el terremoto se restringen a la costa norte del Pacífico arrasada por el tsunami, al área de Sendai y a Tokio. Muy probablemente la situación en Tokio irá a peor. Lo normal es que dejen sus dos aeropuertos comerciales para abastecimiento y operaciones de emergencia, porque de cualquier forma será difícil llegar a ellos en autobús e imposible por tren. Escaseará la comida en los próximos días. La electricidad continuará racionada por horas y barrios pero el agua no tiene por qué faltar. Creo que ese cuadro duro pero soportable es el que le espera a esta ciudad si no hay otro terremoto que empeore la situación y si se despeja pronto el peligro nuclear, algo que esta mañana incluso algunos japoneses comenzaban a dudar. Pero sobre todo espero que puedan evitar el pánico, el mayor enemigo. Por eso cuento lo que veo, porque no quiero contribuir a los rumores que corren por Tokio, rumores creados por los extranjeros (los japoneses no permiten que los rumores suplanten a la realidad) y que la prensa internacional vocea ampliándolos. Por ejemplo, ayer me dijeron desde España que los franceses e italianos estaban repatriando a sus ciudadanos. No es cierto. Al menos no lo era a las diez y media de la mañana de hoy martes, cuando conversé con un italiano que huía con su esposa e hijo. Él recibía diariamente cinco correos informativos de la embajada de Italia y en ninguno había leído eso. Se iba porque presagiaba que tenia que quitar a su bebé de allí. Un italiano no necesita más.

Creo que sería prudente que quienes no sean imprescindibles abandonen Tokio sin prisas. Ayudaría a reducir el abastecimiento, el consumo de energía y servicios y a mejorar una situación difícil pero controlable. El viajero italiano me dijo que había notado un gran número de madres que viajaban con sus hijos al sur mientras sus maridos se quedaban en Tokio. Yo no lo noté. Pero si es verdad que el aeropuerto de Osaka está lleno de extranjeros que abandonamos el país. Mañana serán más porque los vuelos internacionales de las compañías que continuaban operativas en Tokio se están desviando a Osaka. Recibo un correo del Profesor Tsukamoto que no podrán realizar los experimentos de gravedad reducida en Nagoya porque su avión ha sido requisado para el seguimiento aéreo de las centrales nucleares afectadas. Pero está decidido a hacer los experimentos paralelos en tierra: Juanma, "no nos podemos dejar ganar por una catástrofe". Ése es el espíritu que junto a la disciplina, la organización, el civismo y el amor por el trabajo bien hecho, me tienen convencido de que este pueblo admirable va a ganar esta guerra. Llegué aquí hace un mes y medio como Profesor para enseñar y me voy con muchas lecciones aprendidas. Llaman a embarcar. Me cuesta trabajo levantarme y caminar hacia la puerta. No sé si estoy muy triste o solamente muy cansado. Probablemente las dos cosas a la vez. PD: He conseguido saber los nombres de los dos universitarios que me ayudaron a encontrar el refugio el día de la catástrofe: Nara-san y su esposo Watanabe-san.

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