Notas al margen

Un oso para evadirnos

Al ver al oso, mientras otros lo disfrazaron hasta de repartidor del butano, se me vino a la mente el ministro Garzón

La Cabalgata de Cádiz ha dado la vuelta a España gracias al inoportuno latigazo cervical que sufrió un oso polar, que ya ha sido adoptado por los gaditanos. Tras comprobar que no era nada serio y acostumbrados a crecernos ante las desgracias, nos pusimos a reírnos como si no hubiera un mañana, en lugar de lamentarnos, como haría un triste. La reacción en cadena ha sido disparatada, pero no hay juguete más perverso que las redes cuando estamos aburridos. Si echáramos a volar la imaginación con tanto esmero para diseñar el futuro de nuestra ciudad, nuestra maquinaria para atraer riqueza y generar empleo sería perfecta. Pero Cádiz es más reconocida mundialmente por ser la tierra del espíritu y las artes, que por su compostura y determinación. Y como es sabido, el age del personal no reside tanto en su capacidad para la risa facilona como en su ingenio. Nadie es tan rápido como el gaditano a la hora de disparar con fina ironía desde el talento. Y no pocos dejaron de envolver los regalos para echarse unas risas con el pobre oso. Incluso los perros empezaron a imitarlo y le encontraron empleo hasta de repartidor de butano, a la vez que lo situaron en las escenas más inverosímiles. No había llegado el oso a las urgencias para hacerse una radiografía y ya circulaban por las redes cientos de memes a cual más ocurrente.

Los psicólogos dicen que ante un panorama sombrío no hay mejor antídoto que la risa. Y de esta suerte, el oso merece nuestro reconocimiento por su capacidad para abstraernos en mitad de tanta incertidumbre con una dosis de carcajadas. Contagiado con tanto montaje loco en tuiter y mientras media España se reía con nosotros y la otra media se aproximaba más al cachondeo, casi sin querer me acordé del ministro Garzón, quizá porque ambos se prestaron a la vez a la burla y el escarnio. Aparentemente no guardan relación, pero tampoco disfrazar a un oso de cargador y al cuarto de hora ahí estaba. Al titular de Consumo le encanta ejercer de cascarón de huevo del Gobierno. Quizá no sea un portento de la oratoria, pero nadie tiene su capacidad para distraer la atención del contribuyente, mientras el Ejecutivo hace justo lo contrario de lo que predica. Lo mismo le da por iniciar una cruzada contra los chuletones que por los helados, la cuestión es animar la conversación en el bar. Ambos se situaron al mismo nivel como diana de todas las bromas, pero a diferencia del oso, que sufrió un accidente, el ministro se lo busca. Le gusta tanto meterse en líos que da igual lo que diga porque apenas se le escucha. Garzón pone un circo y le crecen los osos fijo. Pero aunque sea tan sano reírse de uno mismo, no conviene pasarse porque los gobernantes aprovechan cualquier excusa para tomarnos por tontos, mientras siguen con sus equilibrios y tropelías para mantenerse en el poder. Como el Ecce Homo de aquella polémica restauración, el oso pasará a la historia del museo de los horrores. Por su propensión a la chanza chusca, Garzón quizá no llegue ni a tanto.

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