A veces para conocer a una persona basta con que le suene su móvil. La simple llamada ya es una pista de su nivel de discreción porque hay quien tiene a los clarines de la maestranza, a Joselito niño cantando Campanera, a la canción de Pinocho "…ya nunca más a la escuela voy, artista es lo que soy", a la flauta y el tamboril rocieros, a la Octava de Beethoven o a grillos, chicharras, cigüeñas y demás animales que pueblan la tierra. Alguien hay buscando las trompetas del apocalipsis, para que todo el universo se entere con gran estrépito de que le está sonando el teléfono. En fin, algunos sólo buscamos que el teléfono suene a teléfono, el ring más normal posible, aunque cada vez sea más difícil encontrarlo. Así de simple. Del vibrador no hablo por prudencia, que se me va la lengua y luego me arrepiento.

Tras la primera prueba del sonido, la segunda pista viene dada por el envoltorio protector del móvil. Y es que cada vez el invento tiene más exigencias y ya hay que comprarle un salvapantalla, una carcasa, una tarjeta adicional y una batería que lo acune por las noches. En carcasas he visto caras de animales, estampado de tigre cuyo feísmo está tan de moda, aletas de tiburón y logotipos de las más reconocidas marcas. En esto tengo que decir que la mayoría somos más discretos y funcionales y nos decantamos por la funda negra o transparente, aunque también hay quien le pega los más variados bichitos al parecer para poder distinguirlo.

La tercera prueba es la más importante, que es mirar el aparato y comprobar si es de los que valen un Congo o de los más normalitos. Ahí confieso que si no tengo a mi sobrina cerca no sé distinguir una patata del último modelo sicodélico de la marca más cara. Por eso yo distingo a lo bruto entre los teléfonos viejos y los nuevos.

Me seducen muchísimo quienes sacan de su bolsillo un teléfono diminuto que sólo sirve para llamar y recibir llamadas y creen ingenuamente que por ello son más libres e independientes que los demás mortales. Recuerdo que mi padre hasta la vejez no cambió su reloj de bolsillo por el de pulsera alegando que la esfera era más clara y el reloj más bonito, argumentos ambos irrebatibles. Tiraba de la leontina y te decía la hora en una postura de lo más pinturera.

Con todo, la prueba definitiva que me lleva a la rendición total es la de aquellos que saben olvidar su reloj y callar el móvil para que no nos interrumpan. No hay mejor comienzo.

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