Seis mil Navantias

Uno piensa en la Bazán y se pregunta qué tuerto nos ha mirado, qué cenizo apadrinamos

Cuando pienso en Navantia pienso en aquel joven becario de asesoría jurídica, la carrera recién terminada, tantos sinsabores y victorias por venir; el Lele paseándome por los talleres de FABA, la gente de la oficina de planeamiento junto a donde estaba mi despacho, la despedida que me hicieron al cabo de las prácticas, los chavales de prevención de riesgos laborales con los que me paseé la factoría, el dique conteniendo al Elcano y esa metopa de la que solo se hicieron tres y una me la regalaron mis ex compañeros a mí.

Cuando pienso en Navantia pienso en la Bazán, como siempre fue; en Rafael Valverde, Nati y el sensei plantados a treinta y cinco grados en el firme de la carretera nacional recién cortada clamando porque un gobierno débil que se debe a quien le permitió llegar a Moncloa no arruine la vida de seis mil familias, no tire a la basura 18.000 millones de euros, no espante de nuestra necesitada provincia a las empresas auxiliares que habían de ayudar a construir cinco corbetas a Arabia Saudí, con lo que costó esa firma de ese contrato de esas cinco corbetas.

Cuando pienso en Navantia pienso en Margarita Robles, soberbia e incómoda sin su toga, ministra de segunda fila, renegada e impertinente, explicando que se ha cancelado un contrato de venta de bombas al mismo país Saudí y que como estamos sobrados de parné ya iban en camino de vuelta nueve millones de euros cobrados como anticipo.

El problema de la egolatría es que si se suma a la soberbia deviene en imbecilidad (del latín imbecillitas) y la inteligencia, como la bondad, no viene pareja a la titulación oficial ni a la de los másters del universo de mentirijillas que parecen estar de moda en los últimos tiempos. ¿Y si esa egolatría va acompañada de pasta gansa? Pues pregunten a la parte contratante de la contraparte: se anula el arriado de carná y nos volvemos al desierto, que en mi petrodólar mando yo.

Y uno piensa en Navantia, tanto tiempo huérfana de carga laboral, de trabajo, tantas horas muertas a la sombra, y ve a estos políticos nuestros de la jet-set hablándonos de bombas que "supuestamente" matan a niños y de que se estudia la anulación de un contrato que destruye la ética y la moral (esa de la que ellos, precisamente, nunca hacen gala) y me pregunto qué tuerto nos ha mirado, qué cenizo apadrinamos para que cuando parecía que salíamos de la crisis nos hable el gobierno de desaceleración económica y la citada ministra Robles, superviviente de cribas pasadas, apriete muelas y se resista a pedir perdón, a recular, a dimitir, a conjugar algún tipo de verbo que no le cueste las habitas contadas a esas seis mil familias que parecen importar tan poco, vistas desde una moqueta madrileña.

Y uno piensa en la Bazán y se indigna pensando que unos incompetentes ególatras están vendiendo a seis mil navantias como estacaron a Delphi en su día. Por menos de lo que vale un ERE.

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