Su propio afán

Enrique Gª-Máiquez

El hundimiento

El desbarajuste institucional al que nos encaminamosno es responsabilidad de un hombre solo ni de un partido

01 de octubre 2023 - 00:15

Escribo este artículo mientras mi mujer y mis hijos ven una película. Hay un cuarto entre mi despacho y la televisión, pero los gritos de horror se escuchan perfectamente. Están viendo Titanic. De vez en cuando me levanto a saludar o a decir que bajen el volumen, y me quedo un ratito. Luego vuelvo y sigo leyendo noticias, rebuscando de cuál podría escribir mi glosa.

Al final se me mezclan los sonidos, las imágenes y las impresiones. En la tragedia del Titanic confluyeron vanidades, intereses, imprudencias, desgracias, descuidos, indiferencias y cálculos equivocados. Y en la grave crisis institucional que padece España ocurre lo mismo. Más allá de tener un presidente u otro, el asalto al Estado de Derecho, la politización de las instituciones, la demagogia rampante, la normalización de la mentira, la generalización del egoísmo y el destrozo de la separación de poderes son profundamente preocupantes. Como un iceberg, muestran en la superficie apenas un décimo de su latente peligrosidad.

Como el lector no está bajo la sugestión de una película a todo trapo, goza de su legítimo derecho a considerar que se me ha ido la mano melodramática con la comparación. Al cabo, no caeremos al agua helada del Atlántico Norte y el barco de Unión Europea vendrá al rescate (nos creemos).

En mi defensa querría decir que la metáfora puede ser exagerada y que escribo bajo la sobredosis de una semana muy dura en lo que a noticias políticas respecta, pero que el mensaje del artículo es realista, concreto y hacedero. Propongo estar vigilantes para que, haya hundimiento o no, las cuentas históricas no vengan a pedírnoslas a nosotros. El desbarajuste político español no lo puede hacer un hombre solo ni un partido solo sin la colaboración activa y, sobre todo, la pasiva de muchos más. Yo propongo no colaborar: cumplir con nuestras obligaciones sociales.

Un columnista, que es el ejemplo que me pilla más a mano, no es el capitán del barco, que tendría que haberse andado con más ojo, ni el armador, que quiere que vaya a todo lo que da para batir un récord de velocidad, ni el constructor, que, por eso del diseño y el confort, no puso suficientes botes salvavidas para todo el pasaje. Un columnista se parece más al marinero que, desde la cofa, hace un turno de vigía en la noche helada. Encaramado a su columna. Yo aviso que desde aquí se ve que vamos directos a un iceberg. Mi obligación es tocar la campana.

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