Vale que Marlaska la pifiara y que la oposición exija su dimisión para ayer. Lo que resulta pavoroso es que nos pongamos las gafas de un fanático para elevar una causa general contra el Gobierno, en este caso, o contra la oposición, cuando al revés toca, bajo este manto de polarización. Nada causa mayor impresión que el regreso de los fantasmas del pasado que la mayoría creíamos enterrados. Y que los resuciten personajes que no sufrieron la represión y que ni siquiera han tenido el honor de ser concejales de su pueblo antes de acumular tantísimo poder, da escalofríos. Al parecer sólo ven la vida en color cuando se tensiona el paisaje. El ministro Marlaska se podría marchar ya pero su osadía no ha de impedirnos analizar la cuestión de fondo. No se puede pasar por alto que se le entregue a una juez un informe chapucero cuando hablamos de la policía judicial, a la que toca exigir rigor y conocimiento sobre lo que se cuece. Sus agente no pueden señalar con el dedo sin pruebas materiales ni hechos probados. Está tan claro como que un ministro no puede gobernar tras perder el crédito por su torpeza, atrevimiento e inexperiencia. Pero al de solicitar su cabeza como quien pide otra ronda, sus rivales tendrían que vestirse por los pies y muy pocos lo hacen.

Este país no funciona porque cada comunidad, incluso cada provincia va a lo suyo, en función de sus intereses. Por mucho que una crisis de la magnitud de esta epidemia nos sacuda, el propósito de cada gobernante, en lugar de exhibir generosidad, es colgarse la medalla. Y como la mayoría parte del desconocimiento -al menos ya sabemos que este virus no es una gripe más y que las mascarillas son esenciales-, dedican la mayor parte de su esfuerzo al acoso y derribo del adversario, en vez de hacer su trabajo.

Sin pudor, todos parten de una idea preconcebida (destruir al rival) para generar un relato a partir de la misma, usando toda su propaganda para reforzar sus posiciones. Tras la chapuza del ministro Marlaska, la oposición no se conforma con pedir su relevo. Lleva meses esperando que caiga todo el Gobierno, incluso, con argumentos que se vuelven en contra. Todo vale y lo hemos visto esta semana: la Junta ha descalificado al Ejecutivo exigiéndole que no caiga en el partidismo durante la desescalada, para jugar a lo mismo en Andalucía con el viaje entre provincias. Es tan incoherente como deshonesto. Ni caben sus malas artes, ni tampoco puede el Gobierno culpar a la oposición de sus errores en cadena y de sus acuerdos más o menos vergonzantes, cuando por no informar no informa ni del número de muertos con respeto y transparencia. Los alcaldes también denuncian alegremente la mala gestión de la crisis, según sus colores, cuando ellos enviaron a sus trabajadores a echar una mano repartiendo alimentos sin una triste mascarilla, mientras los concejales permanecían en sus casas. Así es hasta razonable que la ciudadanía, en general, caiga en las redes de la crispación cuando existen tantas cuestiones urgentes que requieren más atención. Porque, ¿es lógico que el Gobierno ponga todo su afán para que regrese el fútbol y nos juntemos en los bares y que a la vez los jóvenes no pueden volver a las aulas en grupos reducidos para acabar el curso? Podemos seguir hablando del Gobierno o podemos apelar a la unidad cada vez más imposible. La suerte, por desgracia, parece echada y los fantasmas, encantados.

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