Notas al margen
David Fernández
El PSOE ha desconectado de la mayoría
Sé que no es nada original decir que el carnaval de Cádiz es una de las expresiones culturales más libres, ingeniosas y valientes de nuestra sociedad. Es sarcasmo, crítica social, un espejo que exagera virtudes y defectos para que podamos mirarnos con una sonrisa. Su esencia es la irreverencia inteligente, la carga gaditana, y el talento que convierte la realidad en espectáculo.
Desde esa libertad creativa, los autores hemos abordado siempre todo tipo de asuntos sin cortapisas: política, economía, costumbres, contradicciones colectivas e incluso nuestras propias debilidades. El humor es nuestra herramienta y nuestra identidad. Y nadie debería cuestionar ese espacio de expresión, porque precisamente ahí reside su autenticidad.
Precisamente desde el respeto al trabajo y al talento que cada grupo invierte durante meses nace esta reflexión. En algunos repertorios —muy pocos— siguen apareciendo referencias al consumo de drogas tratadas desde el humor. No existe mala intención; se busca la risa, la metáfora festiva, la exageración propia del Carnaval. Pero no siempre el efecto coincide con lo que se pretende, y conviene detenerse a pensar en el alcance de determinados mensajes.
Creo que la droga no puede convertirse en un recurso escénico neutro, porque es una realidad que golpea a muchas familias, trunca oportunidades y constituye uno de los retos sociales más complejos de nuestro tiempo.
Cuando se presenta de forma ligera, aunque sea desde la ironía, puede proyectarse una imagen que diluya su gravedad. El humor es poderoso, pero precisamente por eso requiere una mirada consciente cuando roza asuntos especialmente sensibles.
Además, el Carnaval no lo viven solo adultos con criterio formado. También lo hacen niños y adolescentes que absorben códigos y referencias con naturalidad. Las agrupaciones son referentes culturales y, en muchos casos, modelos para la gente joven. Lo que se canta se repite, lo que se repite se normaliza, y lo que se normaliza acaba formando parte del imaginario colectivo.
El Carnaval ha demostrado saber evolucionar. Letras que hoy resultarían inaceptables —sexistas, machistas o xenófobas— han ido desapareciendo de las tablas del Falla, no por imposición, sino por madurez colectiva. Esa capacidad de autorregulación es, precisamente, una de sus mayores fortalezas. Significa que entiende su tiempo y que sabe crecer con él.
Defender un Carnaval libre es compatible con aspirar a un Carnaval consciente. La creatividad puede ser brillante sin trivializar lo sensible; de hecho, cuando combina ingenio y responsabilidad, alcanza su mayor altura.
Porque el Carnaval no solo entretiene: también educa, influye y deja huella.
Y no se trata de callar nada, sino de decidir qué queremos amplificar.
En esa elección está la verdadera grandeza de nuestra fiesta.
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