El eminente pinrelista danés Brenan Akember decía en su famoso libro Arben Liember Porken, que traducido resulta por sus deos gordos los conoceréis, que podía averiguar la personalidad de un individuo por la forma del mayor de los dedos humanos. Decía que las uñas hablan más que un peluquero y que los pelitos que salen en la arruguilla de estos apéndices pinrélicos indican el grado de gusto por el orden de su portador. "Una persona que es capaz de llevar bien peinaos los pelillos del deo gordo, seguro que es tan ordenado que pone en fila hasta los chicharitos de una ensaladilla".

He de confesar que Akember es uno de mis escritores de cabecera. Releo cada noche, antes de rezar el Jesusito de mi vida, al menos cinco capítulos de su libro y casi me sé de memoria su poesía al pie huesudo, un ejemplo de frescura pinrélica mejor que el Fufri, aquel aerosol que te ponías en los pies para que aquello no oliera a Camenbert.

Inspirado en Akember (no se molesten en buscar su libro porque yo compré los cinco ejemplares que se publicaron y además están en danés, que es un idioma una jartá de aburrido) le estoy dando vueltas a la teoría de que es posible averiguar las edades del ser humano por sus babuchas.

Es verdad que uno pasa por etapas naturistas y atrevidas cuando se pasea por el salón con los pies desnudos con la misma valentía que un faquir se desliza por una manta de cristales. Es cierto que todos nos hemos paseado por casa con unos calcetines gordos que nos regalaron por Reyes y que incluso lucimos algunas grandes zapatillas con forma del osito Misha, regalo de algún novio o novia (según los gustos) que te lo obsequió como algo gracioso, pero que en verdad era un regalo para acordarse de toas sus castas.

Pero yo creo que hay un momento en el que el ser humano llega realmente a la madurez y es cuando descubre lo bien que se está con unas zapatillas de paño en el sofá del salón. Me gusta ir cada año a la tienda de babuchas de la calle Sacramento a renovar mi parque babuchero, porque las babuchas duran justo un año, hasta que le haces el boquete con el deo gordo, acto que suele coincidir con la primavera, que debe ser cuando florecen los dedos. Uno empieza en su tierna juventud por cachondearse de las alpargatas de paño de tu padre y luego, cuando el estómago deja de ser una tableta de chocolate para convertirse en un bombón de Sobrina de las Trejas de Medina, termina enamorándose de esta prenda, que tiene la virtud de ponerte el pie calentito y te protege de cualquier tipo de Filomenas.

Reconozco que estoy en fase de babucha con relleno moderado y que aún tendré que pasar a un nuevo estadio, el de la alpargata de paño con interior de borreguillo. Cuando llegue ese momento también habré llegado al instante ese en el que el médico te prohíbe que le eches hueso del jamón al puchero… que todo llega.

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