Las encuestas dirán lo que quieran, pero las elecciones las ganará quien decida Pablo Casado. Y el líder del PP parece empeñarse en que gane Pedro Sánchez sin despeinarse. Cuesta creerlo, porque el PSOE espantó a su electorado con sus concesiones a los independentistas. Los gestos de los ministros para empatizar con su causa fueron secundados por Carmen Calvo, quien llegó a sugerir que "no sería lógico alargar la prisión preventiva" de los presos catalanes. La vicepresidenta también encendió a la oposición con la figura del relator en el diálogo por Cataluña, lo que levantó grandes críticas también entre los suyos. La torpe gestión del conflicto castigó la ambición de Sánchez -al que el PSOE andaluz señaló tras perder la Junta- y el presidente tuvo que convocar elecciones mucho antes de su deseo.

Con viento de cola a favor, la izquierda tan dividida y su principal rival acorralado, Casado, en lugar de perfilar una imagen de gran estadista, maduro y responsable, se agarró al discurso populista para intentar recuperar a quienes abandonaron al PP por su tibieza en asuntos de calado. Para tensionar el ambiente, llamó a Sánchez "felón", "incapaz", "traidor", "mediocre", "mentiroso" y "okupa". Por temor a que Vox le robe la cartera, convocó una manifestación en Madrid por la unidad de España para ser más nacionalista que nadie, renunciando al votante de centro y moderado, sin el que no podrá ganar. La foto junto a Santiago Abascal sólo benefició a Vox y al PSOE y desconcertó a los suyos, porque su deriva radical aleja a su potencial electorado, al que cada día le cuesta más reconocer en el PP a la derecha moderna que se centraba más en la economía que en la ideología. Casado intenta repetir la alianza del Gobierno andaluz los votos de Cs y Vox, pero no ha de olvidar que también Albert Rivera se escoró tanto a la derecha que, aunque hoy suavice sus posturas, ha cedido aún más espacio por el centro al PSOE.

El líder popular ofrece síntomas de una inconsistencia preocupante. La coherencia tampoco figura entre las cualidades de Sánchez: un día ve delito de rebelión en Cataluña, y al siguiente lo contrario. Pero Casado, que prefiere el ataque frontal a la ironía y el temple que hacían de Rajoy un parlamentario temible, está dispuesto a superarle. Tan pronto habla de rebajar a 850 euros el salario mínimo que se corrige a sí mismo. El elevado tono de su campaña es tan gratuito como los mensajes rancios sobre asuntos ya superados como el aborto llevados al extremo. Respecto a su desconexión con las inquietudes de la gente, un dirigente del PP andaluz mascullaba: "Con lo que nos costó desmarcarnos de ciertos poderes fácticos y de la caspa, volvemos a estar secuestrados por Aznar". Lo grave es que ni el ex presidente se mostró tan visceral como su discípulo. Es el lamento de muchos populares, porque ven cómo dilapida su crédito con su duelo imaginario al sol con Vox, en vez de ofrecer un discurso transversal y cercano. La clave está en el 40% de indecisos. Se da por seguro que Vox se beneficiará del voto oculto. Y los que van a votar al PSOE parecen tenerlo claro. Si Casado cambia de registro y se convierte en un joven que no dé miedo, quizá logre dar la vuelta a las encuestas. Él decide.

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