De cera

Tiene el aspecto de figura de cera sin serlo

Si hay algo absurdo en este mundo son los museos de cera. No los entiendo ni alcanzo su interés. Siempre he pensado que morirían con el tiempo porque estos museos sufren una competencia desleal con la propia realidad. Quiero decir que tenemos tal saturación, cuando no invasión de imágenes de famosos y celebridades, se sobreexponen tanto y tan mal, que a ver qué sentido tiene colocarlos en serie convertidos en muñecos. No sé si el atractivo estará, como en los muñecos de mi infancia en el olor, esa mezcla de polvos de talco, galletas María y plástico puro; olor que se iba perdiendo como el de los coches nuevos con el uso.

Lo más sonado de los museos son los desahucios porque desahuciada fue La Pantoja cuando fue condenada, como si los muñecos pudieran blanquear dinero. También desahuciaron a Marichalar y a Zapatero, imagino que a Urdangarin también. No sé qué harán con los muñecos que retiran, si fundirlos de nuevo para crear otros muñecos o mandarlos al desván de los olvidados, que tiene que ser una suerte de "Infierno de cera para los que se portaron mal". También tiene su purgatorio porque hay a figuras a las que defenestran relegándolas por falta de espacio y popularidad. Las estatuas, eso sí, no dicen ni pío que para algo son estatuas.

La llegada de nuevos personajes al museo también tiene su interés. El otro día sin ir más lejos llegó al museo de cera Isabel Preysler y la presentación tuvo muchísimo interés al menos para aquellos a los que no nos interesan nada los museos de cera. El caso es que Isabel Preysler como Carmen Lomana, Alfonso Díez o Alicia Koplowitz, tiene el aspecto de figura de cera sin serlo. Ni una arruga. Un color un tanto pálido e irreal. El rictus permanente de que el mundo les perturba poco. La piel, sobre todo la piel, encerada por un barniz de quirófano caro alejado de esas cirugías estéticas vulgares que engordan labios y pómulos hasta igualar todos los rostros como perros pekineses.

Pues allí estaba ella, mirándose a sí misma después de haber vestido a su muñeca con su ropita cara como un recortable elegante y habiendo restado a la muñeca tantos años como ha podido. Cosas de la edad. A su lado Vargas Llosa sonreía como todos los enamorados al ver la imagen duplicada de su amada y haciendo acopio de material para la novela de su vida. ¿Qué otra cosa hacen todos los escritores que mirar, intentar escapar del tiempo y escribirse siempre a sí mismos?

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