Muy pocos de los que criticaron tan duramente la conducta del alcalde de Cádiz tapeando hace unos días sabían cuántas personas le acompañaron en Joselito, si eran más de seis por mesa, si usaban correctamente la mascarilla o si guardaban la distancia. La mayoría sólo ha visto una foto y la verdad poco importa. Bastó con hacer circular la imagen por las redes con un ácido comentario para que Kichi se viera, de repente, acusado y obligado a defenderse. Algo que hizo mal, por cierto: los convivientes o familiares no se eligen a capricho. Pero en cualquier caso, daba igual lo que dijera, porque las ideologías se imponen al sentido común. Hasta los que admitieron que no había gran cosa que reprocharle, lo sentenciaron por decreto.

En la antigua República de Venecia no tenían internet, pero los ciudadanos podían utilizar la bocca di leone, unos contenedores parecidos a los buzones actuales, para recoger las quejas secretas dirigidas a los magistrados. A los inculpados no les quedaba otra que demostrar su inocencia. Y los denunciantes actuaban como el 'confidente pagado' o chivato de Hacienda actual, pero imputando todo tipo de delitos. Las denuncias no podían ser estrictamente anónimas, salvo en los delitos de especial gravedad, en cuyo caso el Poder Judicial analizaba a fondo la situación antes de proceder. Hacienda también exige a sus fuentes que se chiven por escrito y aportando el DNI. En cambio en internet suele salir gratis denunciar desde el anonimato las tropelías más inverosímiles, ya que el Estado carece de medios para combatir todas las denuncias falsas. Y de los insultos ni hablemos. Da igual que seas el alcalde de Cádiz, el líder de la oposición, un cura o un estudiante: si alguien lanza una acusación en tu contra en la red estás condenado a defenderte desde ese instante, como en Venecia. Y no ante jueces imparciales, sino ante un gigantesco patio de vecinos sediento de sangre.

Las redes sociales nos están volviendo locos con su permanente caza de brujas, fustigando por sistema, al hipócrita y al que no lo es, buscando culpables -o fabricándolos- para censurar a tutiplén. Y si no es el coronavirus el que acaba con nosotros, y los populismos más exacerbados tampoco lo logran, lo harán twitter, facebook y guasap. Ya nos gustaría que fuese verdad lo que sostiene Zuckerberg cuando defiende que Facebook representa principios honestos como dar voz a todo el mundo y mantener las tradiciones democráticas a buen recaudo, como la libertad de expresión. Porque, sin duda, los partidos las emplean como una herramienta de propaganda, la más extraordinaria que se haya inventado. Y las consecuencias de su mal uso ya las estamos viendo, ligadas a la polarización y la crispación que sacude a la sociedad, como se ve lo mismo en los debates del Congreso que al volante del coche. El odio y la violencia cada vez circulan a mayor velocidad. Y son las redes las causantes de tanto trastorno y adicción, de tanta confusión entre realidad y ficción. Hemos caído en ellas tan ciegamente que ya no nos conformamos con felicitarnos el año con un frío guasap, ni con darnos el pésame con un triste mensaje de texto. Ya ni siquiera nos vale con pensar que sabemos más que los abogados, los médicos y los maestros porque todo viene en google: ya nos creemos jueces capaces de indultar y condenar, dioses del universo virtual que han creado a nuestra medida, a golpe de un solo clic.

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