Contrapunto y aparte
Opinión de Soco López para 'Diario del Carnaval': El ritmo de la caverna
EL liberalismo del primer tercio del siglo XIX -o, más bien, la lucha por la democracia y la libertad de pensamiento político de los primeros liberales- no fue una quimera de señoritos jugando a la libertad como aún se sigue describiendo. Todo lo contrario: en su huella está la muerte y el dolor por la patria. Los episodios triunfalistas en torno a la conmemoración de la Constitución de 1812 han ocultado la otra cara del devenir del liberalismo: el trienio liberal. Es una dinámica que se repite siglo a siglo: somos pretenciosos en la celebración de la victoria y vergonzosos de las derrotas. Así se escribe, por supuesto, la Historia con mayúsculas que protagoniza la épica, el honor y la gloria. La derrota es, si acaso, una nota a pie de página. Por mucho que nos enseñen o marquen nuestro destino. Detrás de los fastos fervorosos por "La Pepa" y la derrota del ejército francés, no se ha insistido en la ruina, el saqueo, la ofensa constante a la que los soldados de Napoleón sometieron entre el 7 de Febrero de 1810 y el 25 de agosto de 1812 a la ciudad de Chiclana, donde situaron la retaguardia del asedio a Cádiz y San Fernando, con sus acuartelamientos en la Iglesia Mayor o Santa Ana, entre otros. "La mayor plaga, el mayor terremoto, la más grave peste jamás sufrida por Chiclana", según Miguel Aragón y Pedro Quiñones en su libro sobre "La batalla de Chiclana". Igualmente, no se ha profundizado debidamente en esta humillante invasión, frente a las fanfarrias dedicadas a esa contienda del 5 de marzo de 1811; es decir, la victoria por tierra y mar de la alianza hispano-británica frente al gabacho que tuvo como escenario la playa de la Barrosa, sobre todo en lo que hoy es la urbanización Novo Sancti Petri.
Este mismo paralelismo surge -por redundar en lo que va de la victoria a la derrota- cuando comparamos la retirada en desbandada del Ejército francés en La Barrosa en 1811 con el prácticamente desconocido combate naval que acabó con la derrota del ejército constitucional español en el "fuerte" de Sancti Petri el 20 de septiembre de 1823 por los tristemente famosos "Cien Mil hijos de San Luis" que invadieron España para restaurar la monarquía absolutista de Fernando VII, rehén de los liberales. Este último enfrentamiento lo describe aún la historiografía francesa como la victoria decisiva que motivó que los soldados del duque de Angulema acabaran días después tomando Cádiz y poniendo fin a la osadía del general Riego y el liberalismo español. Con la irrupción a favor de Fernando VII del ejército francés comandado por Angulema -también Borbón, y quien más tarde sería un desafortunado delfín al trono de Francia- la guerra civil que tuvo a Cádiz por escenario, junto a La Coruña o Cartagena, alcanzó su episodio más sangriento. Las milicias constitucionalistas usaron, como en 1812, todo el sistema de murallas y fuertes defensivos para defender Cádiz de nuevo de la invasión francesa. El castillo de Sancti Petri -que impedía el acceso al caño del mismo nombre y, por tanto, a la Bahía- era sin duda el más importante.
"Tanto en Cádiz como en la isla existía la convicción de que el castillo de Sancti Petri era inexpugnable y quienes lo visitaban alimentaban ese mito tranquilizador", escribe Pedro J. Ramírez en "La desventura de la libertad. José María Calatrava y la caída del régimen constitucional español en 1823" (La Esfera de los Libros), libro que presentará el próximo 21 de agosto en Chiclana; en Tecnotur, junto a la Torre del Puerco. En sus páginas narra, a partir de la biografía del último presidente del Trienio Liberal, la épica del liberalismo español entre 1820 y 1823, y describe con detalle la batalla naval que acabó con la toma de Sancti Petri y que protagonizaron tres fragatas francesas: La Guerrière, Le Centaure y Le Trident. "Dentro del espíritu de abatimiento que iba apoderándose de unas fuerzas constitucionales huérfanas de paga y esperanza -escribe el periodista-, la falta de cobijo ante un bombardeo naval tan estruendoso e imponente había tenido el mismo impacto sobre los ciento cincuenta «soldados veteranos» que defendían el castillo que el asalto de la guardia sobre la trinchera del Trocadero o la carga de los escuadrones de cazadores sobre la caballería de Riego. El gobernador de Sancti Petri, un competente oficial de Estado Mayor apellidado Montes, había tenido que ceder a la abrumadora disposición entreguista de sus hombres". La consecuencia de la presencia naval francesa y la superioridad en número de hombres -420 soldados alcanzaron el islote de Sancti Petri en chalupas- fue la rendición y una "batalla más espectacular y ruidosa que dañina", escribe Ramírez, quien concluye: "Era la ignominiosa rendición del centinela de piedra ostionera que protegía Cádiz desde su garita artillada en el océano". Sobre el tal Montes cayó la duda de la traición. Pero lo soldados temían la sanguinaria venganza de los absolutistas. No se equivocaron. 1823, y la década ominosa que le siguió, fue también sinónimo de terror, fusilamiento y exilio.
También te puede interesar
Contrapunto y aparte
Opinión de Soco López para 'Diario del Carnaval': El ritmo de la caverna
Alto y claro
José Antonio Carrizosa
¿Ha engordado el PSOE a Vox?
La Rayuela
Reescribir a Julio
Envío
Ordinalidad y fraternidad
Lo último