Pemán, pim, pam, pum

Donde le erijo una estatua escuestre a don José María Pemán en el salón de casa

Me preguntan por qué no he hablado todavía de la polémica sobre José María Pemán. ¡Pero si ya lo he hecho… varias veces a lo largo de los últimos años! Pemán empieza a ser el muñeco del pim, pam, pum de la izquierda provincial, dispuesta a menear el escándalo cada dos por tres para posar de rompedora. Y los pemanófilos entramos al trapo y les permitimos sentirse osados pensadores de vanguardia y tal.

Esto se ha vuelto un aburrimiento de argumentos repetidos hasta la saciedad y eso es lo menos Pemán del mundo. No permitamos que nos lo hagan insulso, con lo divertido que era, porque eso sería mucho peor que quitarle el busto de su casa natal. Sería aguarle su gracia de nacimiento. De hecho, lo del busto retirado y los artículos en su contra tiene bastante de homenaje. Homenaje doloroso para alguien que creyó y trabajó tanto por la reconciliación nacional, pero nadie dijo que los homenajes tengan que ser melifluos.

Miguel d'Ors suplica en un poema que no le pongan su nombre a una calle, entre otras razones, porque luego se lo quitarán. Yo creo que eso es lo mejor de que te planten un busto en la acera o te dediquen una avenida. El homenaje a la contra, que demuestra que, pasado el tiempo, ni tu nombre ni tu literatura dejan indiferente a nadie.

En mi caso es fácil decirlo 1) porque hablo a beneficio de inventario: jamás me pondrán un busto; 2) porque saldría menos favorecido que Pemán con su estampa de patricio romano, y 3) porque mi madre, con gran visión de la jugada, me llevó a nacer a Murcia, donde gana Vox. En cualquier caso, la reacción a tanto homenaje invertido es invertir nuestro tiempo en leer a Pemán, para lo cual la existencia de un busto o de dos es irrelevante. En esta ocasión, voy a releer Volaterías (1932). A este paso, a libro por desplante gratuito, acabo con la obra completa.

Kichi ha afirmado que no se le puede comparar a Alberti o a Miguel Hernández, como si los poetas fuesen bultos mensurables. Pero es que, además, el columnismo y el ensayismo de José María Pemán son incomparables como el vuelo de su pensamiento y de su generosidad. Leerle es más que reponerle un busto: es erigirle una estatua de cuerpo entero o, incluso, ya puestos, una ecuestre, ea, y en un lugar principal de nuestra memoria. (Advierto que, a la próxima polémica pemaniana que provoquen, publico este mismo artículo, cambiando apenas el título del libro que me disponga a leer).

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