La tribuna

Eduardo Gamero

Un Papa superhéroe

12 de marzo 2013 - 01:00

DESDE la Edad Media, muchos actos, litúrgicos o no, comienzan con el Veni creator Spiritus, un cántico con el que se invoca al Espíritu Santo para que ilumine las decisiones que se van a tomar. Esa misma invocación se escuchará en la Capilla Sixtina cuando 115 cardenales se adentren en ella esta tarde para decidir quién va a ocupar la silla de Pedro. Y la luz del Espíritu es ciertamente necesaria en momentos trascendentales como el que hoy atraviesa la Iglesia, abocada intempestivamente a la elección del Sumo Pontífice por unas causas que no tienen precedentes: se puede decir que hubo papas que renunciaron antes que Benedicto XVI, pero no parece posible encontrar una renuncia fundada en sus mismas razones.

En efecto, en un plano más visible y evidente Benedicto XVI ha explicado que carece de fuerzas para seguir dirigiendo la Iglesia. Pero, en un plano más íntimo, la renuncia del Papa parece anidar en un sentido místico, más profundo y trascendental, de ese mismo desfallecimiento: se diría que ha sido consciente, por una parte, de la necesidad de profundizar en ciertas reformas que él mismo ha iniciado; y por otra parte, de que carece de las fuerzas necesarias para emprenderlas, pero no en sentido físico, sino más bien moral y espiritual. Asumió el pontificado de acuerdo con un programa, una visión, respaldada sin duda por el colegio cardenalicio, que sobradamente conocía las circunstancias en que se encontraba la Iglesia en 2005. Pero esas circunstancias han cambiado radicalmente como consecuencia de acontecimientos posteriores. Y eso explica que se aparte a un lado, para que el centro no lo ocupe una persona, sino un objetivo, a fin de que el colegio cardenalicio tenga ese objetivo directamente ante sí y decida qué hacer con él.

La renuncia del papa Benedicto ha tenido, pues, el efecto de poner en el centro mismo del debate la necesidad de cambiar a la Iglesia, de renovarla, y entregar las llaves de San Pedro a quien pueda afrontar un desafío que no formaba parte de su pontificado. Cuando se constata todo eso, el simbolismo de la renuncia del Papa se agiganta aún más: el mayor legado de Benedicto XVI puede ser, precisamente, lo que ocurra después de su pontificado, el cambio al que invita su acción en todos los sentidos.

Todo apunta a que el sentir mayoritario de los cardenales coincide con el tácito mensaje del Papa Emérito. De uno u otro modo han expresado diferentes aspectos en los que consideran que la Iglesia debe cambiar: solicitando información pormenorizada de su situación y de los entresijos que tanto daño han hecho al bien de la Iglesia; manifestando que no tenían prisa en iniciar el cónclave, pues era necesario conocer antes las prioridades de la Iglesia; expresando públicamente muchas de las cosas en las que piensan que la Iglesia debe transformarse... No existen tampoco precedentes de esa actitud tan abierta. Hasta ahora era difícil saber lo que pasaba realmente por la cabeza de los cardenales los días previos al cónclave, impregnados por el duelo y el ceremonial funerario, que no invitaban a tales declaraciones. Era un escenario de especulaciones, de medias palabras. Nunca se había expresado de manera tan abierta y evidente la voluntad colectiva de emprender una renovación en una institución que atesora 2.000 años de Historia y que, con 1.200 millones de fieles, es mayoritaria en 50 países de todo el mundo.

De ahí que la decisión presente una singularidad excepcional y sitúe al elegido ante un reto gigantesco. Ya antes de su elección el nuevo Papa ha despertado mucha expectación. Se esperan cosas extraordinarias de su pontificado y estará sometido a una presión y un escrutinio permanentes. Corre el riesgo de frustrar tan altas expectativas por los ritmos y maneras de una institución milenaria que siempre se ha regido con moderación y prudencia; una institución que tiene también sus propias e inevitables limitaciones estructurales. El elegido habrá de reunir unas dotes ciertamente excepcionales para pilotar la barca de Pedro en tales aguas, haciéndola avanzar pero sin zozobra, escuchando las críticas pero controlando los tiempos, con paz y serenidad interior, con optimismo y con esa Caritas amor fraterno que es el corazón de la doctrina cristiana. Un Papa que dirige al mismo tiempo la Iglesia de los barrios y suburbios, la Iglesia de los movimientos y la Iglesia de las congregaciones, la Iglesia de la Curia y de las parroquias humildes de extrarradios, y la Iglesia del mero creyente, con su vida pequeña y complicada, que aplica con sencillez en su día a día la verdad revelada. Una Iglesia que somos todos y mira a Roma con deferencia y preocupación, con ojos llenos de fe y esperanza.

A la vista de tales circunstancias, los cardenales necesitan, ciertamente, mucha luz para acertar en su decisión, para dar con ese Papa singularísimo que la Iglesia y el mundo necesitan apremiantemente. Veni, creator Spiritus.

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