Confabulario
Manuel Gregorio González
Un viejo principio
Dijo Churchill: “En el Parlamento he escuchado grandes discursos. Alguno me ha hecho cambiar de opinión, pero ninguno me ha hecho cambiar de voto”. Yo sí vi una vez cambiar de voto por una intervención en un pleno. Habíamos presentado una propuesta para regular el aborto, debía ser a finales de los años 80. El Grupo Socialista había decidido votar en contra, entre otras cosas porque Carlos Díaz fue siempre un hombre de derechas. Cuando le recordé a Josefina Junquera su compromiso en la lucha de las mujeres, votó a favor y arrastró a todo el PSOE menos al alcalde, que salió del pleno hecho una furia. En general en el Congreso no hay buenos parlamentarios. Los diputados se limitan a leer los discursos, la mayoría anodinos. El último parlamentario brillante fue Pablo Casado, el único que jamás se subió a la tribuna para leer su discurso. Fueron buenos parlamentarios Albert Rivera, Pablo Iglesias, Rodrigo Rato y Carlos Solchaga. Ninguno como aquel Castelar de “Dios es grande en el Sinaí, su voz precede al trueno”. Por aquí no hay muchos de quienes destacar sus dotes oratorias, hasta el punto de que los de Adelante tuvieron a gente que les escribían los discursos, como si San Juan de Dios fuera la Casa Blanca. En general han destacado más por su oratoria en la oposición que en el gobierno Rafael Román (demasiado sutil para los brochazos de la política local), Cabaña o Ruiz Boix. Teófila no sabía improvisar , capaz de meter la pata, como en el famoso “tanto tuiter y tanta opinión”. No lo hacían mal Rafael Garófano, Hipólito García, Gutiérrez Trueba o Pepe Blas, estos últimos con un sentido del humor corrosivo. En la Corporación actual yo diría que David de la Cruz da lo mejor de sí cuando cumple tres condiciones: no leer, no hablar en andalú y no decir la pamplina esa de “vecinos y vecinas”. Cossi será brillante el día que hable en los plenos como habla en privado.
Lo del otro día en el pleno del Congreso, ver a la bancada popular gritar “¡cobarde, cobarde!” al presidente del Gobierno de España es una de las mamarrachadas más grandes, sólo superada por el día en el que el Grupo Popular votó a favor de la guerra de Irak y todo el grupo se puso a aplaudir. Quizás por ese espíritu anodino y simplón del Congreso llamó más la atención el discurso de Óscar Puente, por radical y sorpresivo. Es cierto que fue un desprecio a los usos parlamentarios y una falta de respeto a la propuesta del Rey o a los votantes del PP por parte de Pedro Sánchez, pero como jugada táctica no estuvo mal, sobre todo porque puso al PP frente al ridículo de presentarse a la investidura a sabiendas de que no contaba con apoyos, lo que también es un desprecio al Rey. Con estos bueyes aramos.
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