No es que me haya convertido en un negacionista de repente, pero con el Covid estoy por no creer ya nada y darle la razón a Iker Jiménez, cuando denuncia que todo esto es muy raro. Caso a caso, mentira a mentira, casi me he convertido en un nihilista. Últimamente lo niego todo, como Sabina, y no me creo ni la verdad. Dejarme llevar por algún supuesto experto y no digamos ya por un político me resulta imposible. Cuantas más mascarillas y gel usamos y más distancia guardamos, más muertos sumamos. Tampoco es tan extraño si tenemos presente que en algunos casos llega a transcurrir más de una semana entre que a una persona con síntomas se le da cita para la prueba PCR y obtiene el resultado. Tiempo de sobra para contagiar a su entorno, salvo que queramos creer que el personal va a confinarse por su cuenta. Estamos rodeados de inconscientes egoístas que, como Miguel Bosé, se creen que el virus es broma. Y sólo una mínima parte de la población que ha mantenido contacto estrecho con un positivo se va a encerrar sin que le hagan una prueba antes. El problema es que Salud está desbordada y a menudo se le da el alta a los usuarios a la vez que se le comunica el positivo. Algo no va bien.

Contradicciones y casos que invitan a desconfiar hay para regalar: todo son restricciones en los aeropuertos, como es natural, y dentro del avión se puede sentar junto a ti medio equipo de baloncesto del Herbalife Gran Canaria. En ese caso, sólo te queda rezar para que te toque el base a tu lado. Hemos pasado en la primera ola de los colegios cerrados a cal y canto, a aplicarles hoy un protocolo específico para evitar que cierren como sea. Acotamos las reuniones a un máximo de seis personas, sea en la calle o en casa, como si el virus supiera contar y sólo contagiara a partir del séptimo comensal. Y, en cambio, en las clases juntamos a 30 jóvenes. ¿En qué quedamos? De la mascarilla, mejor ni hablamos. Cuando los chinos se las ponían incluso para dormir, aquí decían que no servían. Y ahora que no te las puedes quitar ni para tomar una cerveza, en China celebran Halloween como si el Covid hubiese desaparecido. ¿Alguien puede poner en duda que tanta confusión sólo sirve para fabricar negacionistas en serie? Para colmo, sólo en Madrid, la única comunidad que no sigue las instrucciones de Sanidad, se frena la curva de la pandemia. ¿Cómo es posible?

Las autoridades sí aprueban que vayamos al cine y al teatro, pero no dejan que unos cuantos aficionados disfruten del fútbol en Primera. ¿Por qué? Eso sí, luego vemos los autobuses urbanos hasta arriba. Por no hablar del metro, el cercanías y del tren de media distancia a Sevilla. Quizá un día aclaren por qué ahora que es preciso marcar distancias, se ha suprimido un tren a primera hora, obligando a todo quisqui a apelotonarse en el único disponible para llegar a tiempo al trabajo y la universidad. Luego están los horarios: las autoridades se empeñan en cerrar cuanto antes restaurantes y bares. ¿Pero está demostrado que donde ya han cerrado han acabado con los contagios o es que el virus sólo actúa a partir de las seis de la tarde? Seguramente existen razones de peso y la ciencia podrá explicar todo esto, pero a mí Iker Jiménez se me aparece hasta en sueños.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios