Ser optimista, como otros rasgos del carácter, más que a la voluntad está vinculado a la genética. Hay quien nace, digamos, bendecido con la cualidad de ver el vaso medio lleno, aunque tampoco restemos importancia a las circunstancias ambientales. Así, si bien es cierto que los ricos también lloran, es más usual hallar entre pudientes esa jovialidad radical de quien no ha visto la cara pálida de la vida, del mismo modo que fue el guapo de la panda el que con optimismo extremo nos echó un preservativo al bolso, aquella primera Nochevieja larga y casta. En cualquier caso, siempre está la baza de la tenacidad. Se puede sobrevivir, como decía el poeta, sin esperanza con convencimiento y, a ser posible, lejos del quien se deleita con el pesimismo ajeno, es decir, del cenizo, por lo general un ser detestable cuando no un profesional impune del asunto, como aquel escritor francés, ataviado con cuello de cisne, al que nunca se le han computado los suicidios inducidos a cuenta del existencialismo.

Pero el optimismo es una cosa y otra es la esperanza política. La preocupación por la esperanza cívica, una constante de la filosofía moral, empieza a ser la cuestión de nuestro tiempo, y no sólo por la angustia climática, sino también por lo que implica la conciencia científica de sabernos responsables del destino de la especie. A este respecto, jugar con la cultura de la desesperación parece una opción temeraria. Hobbes, el genio del orden, insistía en que toda comunidad está unida por temores y esperanzas. Allí donde no exista una esperanza que dé sentido al coraje que a veces la vida exige, sin apego comunitario a la posibilidad del futuro, lo que nos espera, advierte el clásico, es la quiebra del pacto social: nihilismo, violencia e irracionalidad. Ahora bien, la esperanza no niega la adversidad, la enfrenta. El negacionismo de las adversidades evidentes, algo que define a la actual utopía reaccionaria y a la imbecilidad clásica, nos impone otro tipo de suicidio, aquel al que conduce la renuncia a una comprensión racional de los hechos. Cierto es que, a veces, estos hechos abruman, pero antes de darles la espalda o claudicar en el miedo, merece abrazar el escepticismo, esa esperanza irónica de los conservadores que bien puede resumirse, disculpen la nota biográfica, en una frase que pronunció un maestro y amigo mientras nos despeñábamos en coche, al grito de nos matamos, por un barranquillo: espera a ver, dijo él, y aquí seguimos.

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