La corredera

Antonio Morillo Crespo

Crónica desde los Caños de Meca

Entre la escalera del Mejicano y la escalera del Pirata, al filo del Tajo, una gran cantidad de personas, muchachas y muchachos, otean el mar buscando a Luis. Es un espectáculo impresionante. Cualquier objeto entre las olas, cualquier movimiento extraño en las aguas parece ser el cuerpo hace ya días ahogado mientras hacía pesca submarina, su gran pasión. Hasta han colocado una lona blanca como quitasol donde se cobijan parte de los muchísimos que escudriñan el mar. Todos esperan el milagro, que salga a flote, que una ola, unas espumas señalen su presencia. Pero todos saben que es muy difícil, que el cinturón de plomo que llevaba puesto y las corrientes variables desde donde se zambulló hacia la Laja o hacia el Faro son constantes. Y por mucho neopreno de su traje, es muy difícil que haya aguantado.

La solidaridad es enorme, la Guardia Civil, la Policía municipal de día y de noche, comportamiento magnífico, como todos cuantos pueden, los GEAS, Salvamento Marítimo, la Cruz Roja, helicópteros, los submarinistas, los que tiene tablas, padel surf, kite surf, los que tienen barcas o zodiacs, hasta los bañistas intentando ver si por casualidad el cuerpo ha llegado a la playa. Juan Manuel Crespo comunica que con la Hermandad de Pescadores, todos los barcos de Barbate, hasta los que van al caladero marroquí, están al viso. Y lo mismo comunican de Conil y de Tarifa. Se rastrean los roqueos, desde el Tajo, Los Castillejos, la Punta, las tres lajas, los corralitos, Marisucia, la curva del Faro, la famosa y peligrosísima Aceitera, donde tantos han caído antes… Que pudo quedar atrapado en una cueva, que pudo tener un mareo, que pudo chocar con algo, que pudo quedarse sin aire… Luis estará en el mundo de los pargos, los meros y las corvinas que tanto amaba y su alma estará con Dios. Barbate y Vejer están sobrecogidos de dolor.

Y mientras, el dolor de los padres y de toda la familia… Una espina clavada en el corazón que solo sabemos entender quienes hemos perdido un hijo. La Luna está llena, como dice el romance de Abenamar, "la mar estaba en calma, la luna estaba crecida...". Paisajes magníficos de día y de noche, puestas de sol por el Oeste, amaneceres por el Este, la luz del Faro Trafalgar, los barcos en la lejanía… Pero el dolor y la angustia horribles. Las olas siguen incansables batiendo la arena en las orillas, los vientos a su aire, lo mismo del norte como de poniente o levante, y el dolor y la desesperación constantes.

Se me vienen a la memoria los bellos versos de Carolina Coronado (curiosa coincidencia que la abuela y la madre se llamen también Carolina): "¿Cómo te llamaré para que entiendas que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!/ cuando lleguen al mundo las ofrendas/ que desde esta oculta soledad te envío!".

Aquí tu barca está sobre la arena/ desierta miro la extensión marina! Te llamo sin cesar con tu bocina/ y no apareces a calmar mi pena… Llega a mis pies la espuma de la ola/ y huye otra vez cual la esperanza mía…".Y al entrar en los Caños de Meca, constante de día y de noche sigue la imagen de tantos muchachos junto al Tajo mirando y mirando al inmenso mar.

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