Laurel y rosas

Juan CArlos Rodríguez

Centenario de la sociedad de obreros viticultores

E S septiembre, vendimia en los viñedos y pisa de uva en los lagares. La vendimia teñía de fiesta las calles, perfumaba Chiclana de mosto y de orgullo. En el imaginario popular reviven recuerdos de familias enteras sumidas entre las cepas, burros acarreando uva hasta las bodegas, niños persiguiendo los tractores -ya décadas después- en pos de un racimo para cantar victoria y casas, lagares, bodegas en donde corría el mosto por la piquera y la alegría del fino en los cuerpos cansados. En una crónica sobre la vendimia en Chiclana publicada en octubre de 1917 -hace un siglo, la vendimia era un mes más tardía- en el Diario Conservador de Cádiz, su redactor, Pedro Tejera, escribe: "En el Puerto y Jerez, donde las más de las bodegas de pisa, por no decir todas, están en los campos, y estas pintorescas operaciones no son vistas como en Chiclana, suelen pasar casi inadvertidas para el vecindario y solo conocido de dueños y trabajadores. Pero aquí, en donde desde que se levanta uno hasta que anochece, nos interrumpe a cada instante el tránsito de borriquillos y más borriquillos, portando carretadas de uvas; rara es la calle en que no llegue a los oídos del transeúnte el zapatear de los pisadores en las lagaretas". Chiclana era una feria. "Todo es animación, vida activa que se refleja hasta en los más simples detalles callejeros -según la misma crónica-; y prueba de que la cosecha actual es de las más satisfactorias, que tanto establecimientos de ultramarinos, almacenes de tejidos, tabernas y hasta el último tabanquillo, hacen su acopio por la mañana, tarde y noche, con la innumerable clientela que se deja el dinerillo". Una prueba más de que el sector vitivinícola era entonces, y desde siglos atrás, el motor económico de la ciudad. Hasta los primeros años 70, en que ese olor a mosto, esos tractores, esas bodegas, comenzaron a desaparecer.

Hoy debo brindar, copa de fino en la mano, homenaje a los viñistas, a los contados bodegueros, que siguen aún vendimiando, forjando con sus manos el origen de un vino singular y que exige, más allá de la recogida de la uva, la dura tarea de mantener una viña todo un año hasta llegar a este momento en que esos racimos de uva Palomino son cortados de la cepa con orgullo. Singularmente, debemos concentrar este agradecimiento en la larga herencia del Sindicato de Obreros Viticultores, que fundó en 24 de noviembre de 1914 -hará en breve todo un siglo- el insigne Fernando Salado Olmedo, que siempre será para los chiclaneros el padre Salado. La hoy activa Cooperativa Andaluza Unión de Viticultores Chiclaneros es, y así lo reivindican, su legítima heredera. Como son sus más de doscientos socios, sus viñitas, herederos de los tres mil obreros que participaron en la primera asamblea de aquel sindicato, que, aunque así denominado, hizo las veces de cooperativa, de "caja rural", de "bodega social" y de institución benéfica. El profesor Joaquín García Contreras ha dado extensa y rigurosa cuenta de ello en su libro "El sindicato de Obreros Viticultores del padre Salado. 1914-1962" (Fundación Vipren). En él afirma: "El sindicato resultaría fundamental para el resurgir del gremio de la viticultura chiclanera, colectivo al que dirigió con clara perspectiva dedicándoles noble esfuerzo, y mostrando gran sensibilidad respecto a la necesidad de aumentar el bienestar de los trabajadores, lo que supuso un renacimiento del cooperativismo iniciado por la experiencia anterior de Campano".

Después de la guerra civil, el sindicato se transforma obligatoriamente en la Cooperativa de Obreros Viticultores, a la vez que ve limitada su acción social por la dictadura. En 1956, los poco más de 300 socios acuerdan integrarse en la recién creada Cooperativa del Campo San Juan Bautista, fundada en 1954. Por entonces el padre Salado está ya internado en el asilo de San José, en San Fernando, en donde muere el 5 de enero de 1957 con 81 años. En el cementerio isleño fue enterrado contra su voluntad en el nicho 94 de la manzana denominada "Nuestra Señora de la Soledad". Pese a que él mismo había dispuesto que a su muerte "sus restos reposen en la capilla del Santo Cristo". El padre Francisco Aragón Calderón, párroco de la Iglesia Mayor, espera poder trasladarlo este mismo año desde el cementerio de San Juan Bautista -en donde fue depositado en 1976 por sus familiares- a su querida ermita, en donde ejerció como párroco entre 1919 y 1927. Sería un colofón extraordinario, justo y debido al Padre Salado, razón de ser del cooperativismo vitivinícola en Chiclana. Y, entre otros muchos méritos, promotor de la conmemoración del I Centenario de la Iglesia Mayor de San Juan Bautista, también hace un siglo. Solo queda -y para ello tomo la palabra de nuevo del profesor García Contreras- que aquellas palabras del Obispo Fray Félix, refiriéndose al magistral Cabrera, sirvan también para el padre Salado: "Tu pueblo si quiere honrarse, te levantará en su día una estatua…".

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