La crispación en el Congreso ha sido tan latente este curso, que los extremos se tocaron. Ninguna fuerza quiere ocupar el centro, con permiso de Cs. Pero las elecciones vascas y gallegas han recordado que la moderación sigue ganando elecciones. El varapalo para los podemitas fue tan extraordinario, que pasó desapercibido que los socialistas apenas lograron sacar tajada de su estrepitosa caída. Sí la aprovecharon Bildu y el BNG. Y los estrategas del PSOE aún se preguntan si debieron adoptar posturas más populistas, como los nacionalistas, o centrarse aún más, rebajando el tono, para ganar terreno. El debate socialista está servido porque se han quedado a dos velas, pese a que su principal adversario se estrellara. Los populares, en cambio, han tomado nota de lo alejados que estaban de la calle con su afán por tensionar el ambiente tras la estela de Vox. Ya saben que su vuelta al poder pasa por el centro.

La destitución de Cayetana Álvarez de Toledo confirma el volantazo en toda regla. Casado reina, pero Feijóo se impone con su llamada a la moderación. Han perdido los que defienden un discurso radical e ideológico, el mismo que le costó el cargo al ex ministro Wert cuando habló de españolizar Cataluña, o al propio Gallardón, cuando Rajoy decidió retirar la reforma de la ley del aborto. A la vista de la depresión que se avecina, el PP vuelve a renunciar a sus postulados del alma para centrarse en lo económico. Sabe que en el griterío ideologizado no tiene que ganar, porque cuanto más se crispa el ambiente, más crece Vox. De esta suerte, de nuevo emergen en el PP los veteranos que defienden la teoría según la cual en este país se vota como se conduce: vamos pisando a fondo -con un Gobierno socialista al volante- y sólo quitamos el pie del acelerador cuando vienen mal dadas y advertimos la presencia de la Guardia Civil. Entonces pensamos: 'Vamos a votar a la derecha, que por lo menos gestiona mejor'. Y una vez se deja atrás la amenaza de la sanción (y mejora la economía), se acelera de nuevo a tope y vuelta a empezar.

El otoño no puede antojarse más caliente después del hundimiento del PIB y tras la brutal caída del turismo. La vuelta al cole más improvisada va a parecer una broma frente al diluvio económico. Tras bajar del monte, la brújula del PP vuelve a indicar el centro, el territorio clave para gobernar. El PSOE lo ignoró cuando el PP se vino arriba con Abascal y compañía, pese a tener todo el terreno despejado. Quizá ahora se lo replantee. Los populares, al prescindir de Álvarez de Toledo, renuncian en parte a su doctrina y a una portavoz altanera que muchos jaleaban porque ponía a todo el mundo en su sitio, incluido Casado, que a su lado parecía el telonero del grupo. Pero en el PP están convencidos de que con la bronca y la ideología, con el aborto y con la educación concertada, no se ganan elecciones. Con ello y tras el anterior giro de 180 grados de Cs, Vox se quedará a solas en el ala más radical, mientras el PP intentará recuperar el centro perdido en esa carrera a ninguna parte en la que se enredó desde que su osado líder ganó las primarias frente a los mismos moderados a los que ahora pide consejo y que tiren del carro.

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