A cien días de las elecciones municipales, empieza a calar el nerviosismo en la clase dirigente. En lugar de sumar fuerzas, desde la izquierda se empeñan en una guerra sucia que nada bueno les reporta. Y tanto la errática política circense de Pedro Sánchez en Cataluña, contestada hasta por los suyos, como la división podemita, sirven en bandeja la tendencia al alza de la derecha, que se ha venido arriba por momentos. Kichi, Juancho, Fran y Juanma lo más novedoso que han aportado hasta hoy es que prefieren que los gaditanos les llamen por su nombre de pila o directamente por el apelativo más propio de sus íntimos. Pero los gaditanos necesitan más que un guiño -que rebaja un escalón el respeto ligado al cargo- para ilusionarse.

El principal problema del equipo del alcalde radica más en sus códigos y en su concepción de la política que en sus debilidades. Hay delegados del gobierno local que se resisten a presidir -aún hoy- actos de lo más diversos porque entienden que eso les convierte en casta, como el propio González dejó claro desde el primer día. Aunque todos los partidos andan igual de perdidos en este nuevo tiempo, el afán del líder de Podemos por encarnar al antialcalde, víctima de su propia religión, mantiene en el desconcierto a muchos sectores de la sociedad a los que se resiste a representar. Ni toda la propaganda del mundo, ni tanta batalla subterránea, pueden sustituir a la gestión del día a día y la cercanía. Es cierto que miles de personas se conforman con versiones fantasiosas cuando pueden verificarlas fácilmente. Pero el personal no llena la nevera con las iniciativas en favor de los refugiados, ni con el baile de banderas, ni con el nombre de las calles. Hay que admitir que en su origen caló en la imaginación de los indignados el programa de Podemos que establecía una clara división entre 'nosotros, los buenos' y 'todos los demás, los malos'. Muchos gaditanos creyeron emocionados en un alcalde que, frente al político profesional que se pasa la vida medrando entre despachos cuando no tutelando la última peña, trataba de confundirse como uno más entre la gente. Lo mismo llega tarde a un acto oficial porque viene de recoger al niño, que lo encuentras en el autobús de vuelta de la playa o en el bache de la esquina. Aunque con el tiempo, perdió frescura y desparpajo, y optó por encogerse.

El alcalde vio a los jóvenes regresando por el puente Carranza aunque no supo imaginar cómo conseguirlo. Logró lo más importante en política, crear un nuevo estilo y que los gaditanos creyeran en el final de su libro, pero apenas pudo empezarlo. Parecía llamado a hacer grandes cosas, aunque no termina de rematar. Muchos alaban la defensa que hace su equipo de la conciliación, los mismos que cuando se dan la vuelta critican su dejadez. Sí que ha ganado independencia respecto a su partido y ha abandonado ciertos corsés. Pero sigue prometiendo la luna sin ser capaz de materializar una sola idea. Nadie duda de su bondad y su autenticidad, aunque éstas no pueden ser las únicas armas. Lo que tiene a su favor no es poco. La oposición ni siquiera esbozó una idea clara de Cádiz, tan volcada en la zancadilla, los pleitos y en subestimarle sin más. Ni siquiera se molestan en definir un bonito cuadro, lo que invita a pensar que no sabrían coger los pinceles. El PSOE sufre doble personalidad. Y tan cerca ve la derecha que se abre una posibilidad, que se le nubla el pensamiento y la desperdicia con un mensaje grueso y radical que asusta a cualquiera. Hasta en el seno del PP critican el empeño de Casado por imitar las formas de Vox acordándose del aborto y hablando a los suyos ya subido al monte, directamente. Ya queda menos, aunque no sepamos adónde vamos.

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