Llega inexorablemente; y deberíamos estar agradecidos, significa que hemos superado la infancia, la adolescencia y la madurez. Hasta hace poco más de un siglo la esperanza de vida era la mitad que ahora. Con las vacunas y los antibióticos, la vida humana cambió. Ahora superamos los 80 años de media, y la mayoría de la población sobrepasa el umbral de los famosos 65 años.

Y llegamos a la vejez, nada de eufemismos ridículos como “tercera edad” o “mayores”, viejos. Y la incongruencia de las sociedades avanzadas es que hay muchos viejos y viejas, y no se sabe qué hacer con ellos.

En las sociedades agrarias, los abuelos y abuelas eran personas muy respetadas; eran las depositarias de la sabiduría de las labores agrícolas y ganaderas, de la fabricación de instrumentos artesanales, de la gastronomía… Los nietos aprendían de sus abuelos. Nunca estaban de más. Sus hijos, y sobre todo sus hijas, se hacían cargo de su cuidado.

Eran casas grandes, donde vivían los padres, la generosa prole, los abuelos, y hasta algún primo o tío. Yo me crié en esa familia amplia. Nunca éramos menos de una docena en casa. Mi abuela fue mi madre bis.

Ahora, en pisos pequeños, con los progenitores trabajando, es imposible compaginar el trabajo con el cuidado de los más vulnerables, que terminan arrinconados en una residencia. No hay sitio para ellos en las casas de sus hijos. Tras la jubilación, son personas poco útiles, y por mucho que se quiera edulcorar su situación con viajes y actividades, no dejan de ser un problema, un gasto, un estorbo.

La pandemia ha sacado a la luz las miserias de la sociedad y de las familias. Decenas de miles de viejos han muerto en las residencias, solos, abandonados.

Hay que repensar un modelo social en el que no tienen cabida los viejos. El trabajo hay que hacerlo compatible con el cuidado de los hijos, pero también de los abuelos, en sus casas o en las nuestras. Las viviendas tienen que permitir familias amplias. Una casa con habitaciones habilitadas para personas mayores no puede ser un lujo; tiene que estar dentro de los parámetros de las viviendas de protección oficial. Tener un abuelo o abuela en casa no debe ser una carga, sino un premio que nos permita disfrutar de nuestros padres y devolverles todo lo que nos han dado en su larga vida.  

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