Ciertos son los toros (2)

06 de diciembre 2023 - 06:00

La obra matriz de la novela picaresca es el Lazarillo de Tormes. Anónimo y algo descuidado en su escritura, ha sido atribuido a fray Juan de Ortega, a Diego Hurtado de Mendoza, a alguno de los dos hermanos Valdés (Alfonso o Juan), a Luis Vives, a Sebastián de Horozco y a Lope de Rueda, entre otros. Luego salpican a los posibles autores las referencias taurinas de la obra.

Citamos: "Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandome que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:

-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.

Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:

-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo".

La segunda vez que hallamos cita taurina es cuando, vengativo, Lázaro se presta al abandono del ciego, y al cruzar un arroyo durante un aguacero, obra: "-Ponme bien derecho y salta tú el arroyo. Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome detrás del poste, como quien espera tope de toro, y díjele: -¡Sus, saltad todo lo que podáis, porque deis de este cabo del agua!".

Donde hay citas taurinas más abundantes es en Vida del escudero Marcos de Obregón, del insuperable prosista Vicente Espinel. "Toda esta plática o conversación pasó estando este hidalgo y yo echados de pechos sobre el guardalado de la puente Segoviana, mirando hacia la Casa de Campo, por donde vimos asomar un buen atajo de vacas que nos interrumpió la conversación, y viéndolas, le dije: Aquellas vacas han de pasar por esta puente más apiñadas y más apriesa que vienen por aquella parte, por eso no aguardemos aquí el ímpetu con que han de pasar. No temáis, dijo el hidalgo, que os guardaré a vos, y a mí. Guárdese a sí, le dije yo, que a mí aquella pared que baja de la puente al río me guardará, porque yo no me entiendo con gente que no habla, ni sé reñir con quien trae armas dobles en la frente. Fuera de lo que dicen: Dios me libre de bellacos en cuadrilla. Hase de reñir, con uno que si le digo teneos allá me entienda; reñir con un animal bruto es dar ocasión que se ría quien lo mira, y cuando salga bien de ello, no he hecho nada. No se ha de poner un hombre en peligro que no le importa mucho; defenderse del peligro, es de hombres, y ponerse en él es de brutos. El temor es guarda de la vida, Y la temeridad es correo de la muerte. ¿Qué honra o provecho se puede sacar de matar un buey, cuando se haga por ventura, sino tener que pagar a su dueño? Si yo puedo estar seguro, ¿por qué tengo de poner mi seguridad en peligro? Con todo esto que yo dije, él se quedó haciendo piernas, y yo con las mías me puse lo más presto que pude detrás de la esquina. Venía por la puente delante una mula con dos cueros de vino de San Martín, y un negro atasajado en medio de ellos, y aunque venía un poco apriesa delante de los bueyes, con el ímpetu que venían, por la priesa que los vaqueros le dieron, cogieron a la mula en medio al tiempo que llegaron a emparejar con mi negro hidalgo; la mula era maliciosa, y como se vió cercada de cuernos, comenzó a tirar puñadas y coces, de manera que arrojó al negro y a los dos cueros encima de la herramienta de un novillejo harto alegre, y que comenzando a usar de sus armas, arrojó el un cuero por la puente al río en medio de muchas lavanderas. El hidalgo, por librar al negro, y defenderse a sí, puso mano a su espada, y afirmándose contra el novillo le tiró una estocada uñas abajo, con que hizo al otro cuero dos claraboyas que alegraron harto a la gente lacayuna; pero no fué tan de balde, que no le trujese por delante, asido por las cuchilladas de las calzas, que de puro manidas, no pudiendo resistir a la violencia de los cuernos, se rindieron, y él quedó arrimado al guardalado de la puente, con algunos chichoncillos en la cabeza, diciendo: Si trujera las nuevas, buen lance había hecho. En pasando la manada, que fué en un instante, acudieron los gentiles hombres guiones de la gente de a caballo, y acometiendo por los orificios de los ijares al cuerpo sin aliento, en un instante le dejaron sin gota de sangre. Vemos la manada que arrasa igual que a Don Quijote, al que otra torada le pasó por encima y quedó molido Sancho, espantado don Quijote, aporreado el rucio y no muy católico Rocinante.

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