El Alambique
Manolo Morillo
Cuando lo público salva
En días como los que ha vivido El Puerto, cuando el viento arranca tejados y la lluvia convierte las calles en cauces improvisados, uno descubre con nitidez qué sostiene realmente a una comunidad. No son los discursos grandilocuentes ni las promesas de despacho, sino la humanidad cercana: ese dirigente vecinal que escucha, que toca la puerta del vecino mayor, que recuerda que la soledad también es una forma de vulnerabilidad. En tiempos convulsos, ese gesto es un bálsamo que reconcilia con la idea de sociedad.
Los temporales recientes han dejado al descubierto, una vez más, una verdad incómoda: los servicios públicos son imprescindibles. Cuando la tormenta arrecia, no es una empresa privada la que limpia las calles, rescata a quien lo necesita o garantiza que el agua siga llegando. Son los trabajadores públicos, esos que algunos desprecian desde la comodidad de un eslogan sobre eficiencia y déficit. Sin ellos, la ciudad se detendría.
Sin embargo, asistimos a un empeño persistente por privatizar lo esencial: la sanidad, el agua, la energía, las telecomunicaciones, incluso la educación. Se nos vende la idea de que lo privado es sinónimo de eficacia, cuando la experiencia demuestra que, en demasiadas ocasiones, es sinónimo de exclusión. Porque lo que se privatiza no es un servicio: es un derecho. Y un derecho, cuando pasa a manos de unos pocos, deja de ser universal para convertirse en negocio.
Por eso conviene recordar que las decisiones que tomamos en las urnas no son abstractas ni inocuas. Determinan qué modelo de ciudad queremos y qué protección tendremos cuando la vida se complica. Mirar bien lo que se vota es un acto de responsabilidad colectiva: no para obedecer consignas, sino para evitar que, seducidos por discursos fáciles, acabemos debilitando aquello que luego necesitamos. Descuidar lo público es, al final, tirarse piedras sobre el propio tejado.
Defender lo público no es una consigna ideológica: es una necesidad vital. Es protegernos unos a otros cuando el viento sopla fuerte y cuando la vida, también, se vuelve tempestad.
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