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¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Y por qué? Es decir, ¿qué criterios de evolución humana, qué condicionamientos de genética social nos han llevado a celebrar por todo lo alto como pueblo, con concentraciones multitudinarias y gritos alborozados, el encendido de cientos de miles de lucecitas? Es decir y para seguir con mis extrañezas: no hace tanto (no hace falta tener una memoria de elefante) la iluminación extraordinaria era un descubrimiento alegre, y modesto en el caso de San Fernando, que te encontrabas en la calle un día cualquiera cercano a la Navidad, y casi sin previo aviso.
Hoy el gran día se anuncia con mucha antelación y, llegada la hora, se festeja como un gran acontecimiento con la presencia de alcaldes y alcaldesas acompañados de su corporación casi bajo mazas y con la asistencia de artistas afamados, todos convocados al 'trascendental' acto de levantar el machete para producir el milagro fantástico y primigenio de 'hágase la luz'. Casi como aquellas escenas de películas que cuentan la inauguración del alumbrado eléctrico en Londres o París y que culminan con un gran "¡Ooooohhh!! de la muchedumbre pasmada. Nadie se lo quiere perder, y las ciudades compiten en bombillas, en nieves artificiales con temperaturas casi subtropicales, y en árboles, a ver quién lo tiene más grande.
Del triste y malaje convencimiento generalizado de antaño de que "hemos venido a este mundo a sufrir" hemos pasado, sin una solución de continuidad que podría haber incluido el mandamiento de pensar, al de "aquí estamos para disfrutar" y, tal vez, a la fatal conclusión de que felicidad es sinónimo de diversión y de que aquella será mayor si la acompañamos con multitud y griterío.
Por todo eso, quizá, la Navidad ha pasado de ser una celebración familiar, en todo caso compartida con la vecindad y especialmente agradable para la infancia, a convertirse en la mayor fiesta del año, la de mayor duración, la más gastosa y la destinada a ser el cajón donde cabe todo lo nuestro y lo importado, desde los nacimientos hasta el abeto, desde el turrón hasta el pannetone, desde los Reyes Magos hasta Papá Noel y sus renos, desde los polvorones a los calendarios de Adviento… No sería de extrañar que, a no tardar mucho, incluyamos entre las fechas señaladas el Día de Acción de Gracias. A fin de cuentas, el Black Friday, hijo de esa costumbre norteamericana (es decir, nuestra) ya está en nuestro calendario.
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