Nos anuncia Facebook esta semana que si le dejamos usar nuestros datos, nos paga (no sabemos cuánto). ¿Qué datos? ¿Quedaba alguno que no registrara y explotara, no solo Facebook, sino el resto de buscadores y aplicaciones que usamos cada día? Desde la hora a la que me levanto, el trayecto que sigo para ir al trabajo, lo que compré la semana pasada, las noticias que me han interesado o mi destino favorito para las próximas vacaciones. Podrían reconstruir mi vida.

Durante años fueron muy populares las teorías conspiranoicas que hablaban de burdos espionajes de la CIA o del inminente control de reptilianos camuflados como gobernantes (esta locura, inspirada en la ochentera serie “V”, parece que vuelve a extenderse). Pero como casi siempre que imaginamos el futuro, cuando este llega, resulta ser mucho menos exótico.

Nos espían, sí. Pero no son ni agentes resguardados en gabardinas ni lagartos. Nos espían nuestros teléfonos, el reloj, el ordenador del coche… y hasta el robot de cocina que usamos para hacer salmorejo. Una pareja de hackers acaba de descubrir que el competidor barato de Thermomix incluye un micrófono oculto del que no estaban informados sus usuarios. También que su sistema operativo está anticuado y es, por tanto, vulnerable al pirateo. Cuidado con las conversaciones de cocina, porque nos pueden pillar, literalmente, con las manos en la masa.

Como suena todo tan de andar por casa, ignoramos el peligro. Total, qué más dará que la máquina se entere de que me he quedado sin tomates. Y como además, las tecnologías nos facilitan la vida, cedemos, abrimos puertas, sin sopesar mucho las consecuencias. Es difícil escapar a la trampa. Poner las barreras necesarias para tener una protección efectiva de nuestros datos nos expulsaría del presente y de la sociedad, con la única salida de convertirnos en ermitaños o monjas de clausura.

Pero si nuestra vocación no está en los dulces de convento, más nos vale, al menos, ser conscientes de lo que estamos pagando (nosotros, no al revés) por estas comodidades. Nuestro universo, en la era de la globalización, se ha encogido más que nunca. La información a la que accedemos está elegida (por otros) a nuestra medida (a nuestras anteriores búsquedas, a nuestras interacciones, a nuestras reacciones), de modo que reforzamos cada vez más nuestras creencias. Y sí, antes también teníamos sesgo: leo el periódico con el que comulgo, escucho la emisora que dice lo que quiero escuchar, y hablo de política con los amigos que son de mi cuerda.

Solo que hay dos grandes diferencias. La primera, que yo elijo sintonizar esa emisora. Tomo la decisión y, por tanto, aunque sea de forma poco reflexiva, he descartado otras opciones.

La segunda, que sé que hay otras emisoras, otros periódicos, personas con otras opiniones. Sin embargo, al entrar en nuestro móvil, al ver las noticias destacadas, al navegar por cualquier red social… tenemos la falsa sensación de estar observando la realidad, vasta, completa. Pero no nos engañemos, solo vemos un rincón poco iluminado al que ni siquiera sabemos cómo hemos llegado.

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