Me aburren bastante los ‘días de’ o los ‘días contra’, incluso cuando comparto plenamente sus causas. Me suenan a bálsamo contra conciencias intranquilas, que por un rato tuitean, se cambian el perfil de whatsapp y poco más (antes se ponían un lacito, pero eso ya es casi vintage). Además, la saturación de conmemoraciones es tal, que no nos da con 365 días. El viernes, 17 de mayo, fue el Día contra la Homofobia y Transfobia, el Día de la Seguridad en Internet, el Día del Reciclaje, el de las Telecomunicaciones, y el de la Hipertensión Arterial.

Y buscando una justificación que hiciera coincidir tan diversas reivindicaciones, descubro que la Organización Mundial de la Salud dejó de considerar enfermedad mental la homosexualidad un 17 de mayo… de hace solo 29 años. Los primeros millenials estaban a punto de ingresar en la preadolescencia, y la OMS aún creía que querer a alguien de tu mismo sexo requería tratamiento médico. Pero aún hay más: la transexualidad solo salió de esta lista de trastornos el año pasado. No es una expresión. Fue en junio de 2018.

Hoy, 70 países de la ONU criminalizan las relaciones homosexuales, y en 6 de ellos se castigan con pena de muerte. España, afortunadamente, es estadísticamente el tercero –solo por detrás de Suecia y Países Bajos- en los que la homosexualidad está más aceptada. Si aquí somos líderes en respeto… cómo será fuera.

Porque por mucho avance que hayamos registrado, por mucho que nos las demos de tolerantes (como si el amor entre dos personas o la identidad de cada uno sea algo que tuviera que someterse a la aprobación de los demás), aún se nos ve el plumero.

No hablo de los casos evidentes, las agresiones, los insultos, las declaraciones de quienes quieren dar marcha atrás en derechos consolidados o mandar a un descampado las reivindicaciones de un colectivo. Me refiero al alto porcentaje de españoles que dice y cree firmemente que cada uno puede sentirse hombre o mujer, y enamorarse de una u otro sin que eso importe. A esa mayoría que, sin embargo, sigue cayendo en la trampa. Sigue haciendo chistes, bromas sin gracia, dando codazos al compañero de trabajo. A quienes, creyendo a pies juntillas en la igualdad de derechos, siguen identificando heterosexualidad con normalidad, preguntando a los niños desde que tienen cuatro años si tienen novia, y a las niñas si tienen novio. Se da por hecho a quién tenemos que amar, nadie deja la pregunta abierta. Cuánto sufrimiento podríamos evitar si dejáramos de presuponer siempre, de obligar casi a confesarse a quien se sale de lo que hemos decidido que sea la norma.

Qué más nos da. Cómo podemos poner tantos obstáculos para que los demás amen sin miedo, sin presión, sin necesidad de ser valientes. A quienes odian no les hacemos tantas preguntas.

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