Análisis

Jesús Devesa Molina

Ya me cogerás en tu calle

De cogerme en la calle, que lo haga en la suya, Calle Juan Manzorro Burguillos

Supongo, mamá Gertrudis, que si un guiri la hubiera parado una mañana de octubre de los años setenta por Hospital de Mujeres y le hubiera preguntado cómo se llega a la calle Juan Manzorro, usted no hubiera sabido qué responderle, pues estaríamos ante un auténtico anacronismo, igualito que si me lo preguntaran a mí en pleno año 2021. Eso sí, confío, mi admirada vejeriega, en que no le ocurra lo mismo a nuestras futuras generaciones.

Verá usted, aunque no tuve la suerte de conocerla, alguien se ocupó de hablarme de su ternura, sus bondades y sus grandes dotes como madre. Como dijo el filósofo Ralph Waldo Emerson, "los hombres son lo que sus madres hicieron de ellos".

Entiendo, que como todas las madres, se deshace de ganas por abrazar a mi colega, pero he de decirle que aún tendrá que esperar varias décadas para hacerlo, pues le queda tanto por hacer entre nosotros…, aunque en realidad estoy convencido de que en esto, tampoco usted tendrá ninguna prisa. Llevarme veinte años de diferencia con mi amigo, me da un margen suficiente como para poder tratarlo de maestro, en las lides de la información, o de colega, si hablamos de música o de fútbol. Si, ya sé que él es muy de Perales y del guardameta Miguel Ángel y que yo soy más de Alejandro Sanz y de Casillas. Pero ambos hemos aprendido a convivir en una atmósfera homogénea de respeto y tolerancia.

Él es un maestro en asuntos relacionados con Cádiz porque domina a las mil maravillas sus costumbres, fiestas, miserias y glorias. Es maestro de tangos y estribillos; de narraciones de salidas y entradas de hermandades; de las crónicas cotidianas que le depara la que es, la ciudad de su vida. Mi amigo es colega especialmente cuando hablamos de caballitas con piriñaca en la calle de la Palma, cuando me cuenta historias de sus inicios en Antena 3 Radio o cuando se le enciende la mirada para contarme cosas de Mónica, que es la niña de sus ojos.

Mi primer recuerdo a su lado fue un Domingo de Ramos de finales de los noventa. Yo iba de monaguillo en la Borriquita y él se encontraba -con su espigada figura- bajo el cancel de la Iglesia del Carmen, con unos auriculares tipo diadema y un micrófono naranja desde el que contaba la salida. Al pasar por su lado me detuve, lo miré de arriba a abajo y divagué experimentando, in situ, su narración en directo hasta que el capataz tuvo que empujarme porque el paso estaba a punto de arrollarme. Aquella voz y aquellas palabras tan sencillas me trasmitieron tanto, que desde entonces decidí dedicarme yo también al gremio de la comunicación. A decir verdad, pocos equipos de retransmisión podrán igualar la maestría de aquel que formaba junto con Fernando Pérez (otro de mis grandes referentes) y Jaime Velasco (a quien el destino se encaprichó de que yo sustituyera años más tarde).

Pero le confieso, señora Burguillos, que de todos los aspectos del trato con mi amigo, cuando verdaderamente me dirijo a él de vuecencia, es cuando me habla de la vida. Ahí si me pongo firme y afilo bien los sentidos. Porque ni aunque viviera diez veces, acertaría a manejar su mismo idioma, sus mismos pensamientos, ni sus mismas reflexiones. Él es doctor en ciencias de la templanza, en sensatez, en lealtad. Catedrático en resignación, en responsabilidad, en humildad. Poseedor de un cum laude tan grande como el mar de la bahía, en empatía y servicio, siempre hacia los demás.

Mi primera gran lección con él fue escucharlo una tarde mientras tomábamos café: "soy consciente de que tengo cáncer, Jesús, no apendicitis. Pero me siento bien, percibo que voy avanzando en la recuperación y estoy contento por ello". Ese día, sin público, sin cámaras ni micrófonos, me transmitió incluso más que aquel domingo de Ramos de los noventa. Digamos que en su mensaje hizo sin darse cuenta la transmisión más valiosa de su vida.

Mi amigo es esa persona con la que todo el mundo está en deuda. Desde el político de turno hasta el vecino del barrio más recóndito de Cádiz. Él lleva siempre el "sí" marcado por naturaleza en el brillo de sus ojos. Sí al carnavalero, sí al cofrade y sus pregones, sí rotundo y redondo para aquellos que lo abordan en plena calle para pedir su participación en cualquier campaña o proyecto.

No sé si usted, mamá Gertrudis, me tachará de loco por pensar que Cádiz pueda contar más pronto que tarde con una calle que lleve el nombre de mi colega. Aunque le advierto que tampoco usted imaginó verse nunca sobre las tablas del Falla y sin embargo la vimos sonreír una feliz mañana de domingo de Pasión, presidiendo una pantalla instalada en medio del escenario.

Esta carta no pretende ser una reivindicación ni la apertura de un debate inexistente, mas el que tenga ojos para ver, que vea, y el que tenga oídos para oír, que oiga. Solo espero que mi amigo no deje de ser mi amigo por esta osadía de cartearme con doña Gertrudis y ahondar en un tema que seguro le ruboriza. Asumo el riesgo de que un día me coja en la calle y me dé el cosqui y la pringá. Eso sí, puestos a elegir -de cogerme en la calle-, que lo haga en la suya y en la de todos los gaditanos, la Calle Juan Manzorro Burguillos.

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