Sus botas de fútbol, el preciado tesoro de Sahib. Sus botas de fútbol, el preciado tesoro de Sahib.

Sus botas de fútbol, el preciado tesoro de Sahib.

¡Bien! ¡Vamos! ¡Más rápido!- Él seguía ahí, observando. –¡Tira a puerta! ¡Despeja!- Como cada día.  –¡¿Qué os pasa hoy?! ¡Vamos!- Inmóvil en una esquina. –¡Último lanzamiento! ¡Ahora!- Ha estado en cada entrenamiento durante semanas… Noto su mirada en cada instrucción que doy a mis jugadores. A veces, casi hablo dirigiéndome también a él.

¡Bien! ¡Vamos! ¡Más rápido!- Él seguía ahí, observando. –¡Tira a puerta! ¡Despeja!- Como cada día.  –¡¿Qué os pasa hoy?! ¡Vamos!- Inmóvil en una esquina. –¡Último lanzamiento! ¡Ahora!- Ha estado en cada entrenamiento durante semanas… Noto su mirada en cada instrucción que doy a mis jugadores. A veces, casi hablo dirigiéndome también a él. Hoy he decidido que voy a hablarle. Termina el entrenamiento y me dirijo hacia la esquina desde donde ha estado observándonos todos estos días. Su aspecto era muy desaliñado, evidenciado una falta de recursos.

–¿Cómo te llamas? –Sahib. –¿Qué edad tienes? –11 años. –¿Te gusta el fútbol? –Sí, me encanta. –¿Sabes jugar? –Un poco-. 

Parecía un niño inteligente, hablaba bastante bien español para lo pequeño que era. –¿Quieres probar a jugar con nosotros? –¿Puedo? –Claro que sí, ¿puedes venir el martes próximo? –¡Sí! –Pues nos vemos aquí a las seis. –¡Aquí estaré!

Me sentí decepcionado. Debí imaginarlo. El martes a las seis Sahib no se presentó. Pasó un tiempo sin que diera señales de vida pero un día regresó a su esquina en el campo. Al terminar, me acerqué a él. 

–¿Por qué no viniste a jugar? –Lo siento. –Un futbolista debe aprender a cumplir los compromisos con sus compañeros. –Creo que no podré jugar. –Está bien, como quieras.- Me marché aquel día con un sentimiento extraño. Quizás no debí intentar ayudarle.

El martes siguiente, a las seis en punto, Sahib estaba esperándonos en el campo de juego. Había llegado el primero y vestía una ropa deportiva muy vieja y unos zapatos de calle. –No tengo botas de fútbol –dijo casi entre lágrimas sin que nadie le preguntara–. Intuí que esa había sido la razón por la que no se había presentado días antes. –No te preocupes, entra al vestuario.

Sahib lucía feliz con su equipación y, sobre todo, sus botas de fútbol nuevas. Jamás vi a nadie sonreír tanto. Durante el entrenamiento demostró grandes habilidades y le hice una licencia para jugar con el equipo en nuestra liga.

Un día, al terminar el entrenamiento, le seguí. Pude comprobar dónde vivía, un pequeño piso en pésimas condiciones en una zona marginal junto a otros ocho o diez inmigrantes más, todos adultos. Hice por hablar con uno de ellos para que me contara de Sahib. Me dijo que el niño no tenía padres, lo habían criado sus tíos y había pasado necesidad. Su gran pasión era el fútbol. Me contaron que en su país siempre andaba asomando la cabeza en algún establecimiento con televisión para ver partidos de la liga española. Demostró una gran valentía embarcándose solo en una patera y junto a otros 40 subsaharianos había llegado a Tarifa hacía varios meses. Aquel hombre me contó que mientras todos ellos saltaban y gritaban de alegría al llegar a tierra, Sahib lloraba desconsolado. Había perdido en el mar sus botas de fútbol.

Mientras todos ellos saltaban y gritaban de alegría al llegar a tierra, Sahib lloraba desconsolado. Había perdido en el mar sus botas de fútbol

Conmovido por su historia, no podía quedarme parado. En los siguientes días, mientras él se divertía jugando al fútbol con nuestro equipo, busqué ayuda en todos sitios y le proporcioné una cama en una residencia infantil, ropa nueva y un colegio al que asistir.

Ayer hizo un año que Sahib es oficialmente uno más de nuestra familia. De la acogida temporal se pasó a la permanente. Sus tíos nunca lo reclamaron y su adopción no resultó rápida ni fácil pero fue, sin duda, la mejor decisión de mi vida. Hoy Sahib tiene muchos amigos, sonríe mientras juega al fútbol con la cara iluminada y cuando marca un gol su celebración es muy especial: Se quita una bota de fútbol y la abraza.

Para Sahib el fútbol lo era todo, se refugió en él cuando perdió a sus padres. Ahora, el fútbol le había correspondido a todo ese cariño. Le había dado una nueva familia y una oportunidad en la vida. Era un mensaje. Sahib, nombre árabe, significa “compañero”… Ya nunca estará solo.

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