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Podría decirse que José Escudier es el tercer Escudier de mi vida. El primero es mi amigo y compañero abogado Alberto, que emigró a Jerez para conquistarla; el segundo es Benito, uno de los personajes de A la velocidad de la noche, mi novela que va a ser llevada al cine. El tercero es José Manuel, isleño de cuna y empadronado en un café cultureta con mucho arte de la Sevilla capitalina. Conocí a Escudier, como lo llaman, tras leer que un joven cañaílla iba a dirigir la serie documental sobre Camarón de la Isla que había de ser estrenada en la plataforma Netflix. En aquella época yo colaboraba en un maravilloso magazine que editaba Carlos Cherbuy llamado La Isla Oculta, en el que hacía retratos -que no entrevistas- de personalidades de San Fernando cuyos méritos no eran aparentemente del dominio público mayoritario. Entre gente como los periodistas Antonio J. Campos y Laura Lobo, la cantante Julia Medina, la alcaldesa Patricia Cavada, el mediático Diego Villalba, la capitana de la selección española de hockey femenino, Rocío Sierra, el futbolista David Barral, o monstruos (que vienen a verme) de la cinematografía como Javier León y Javier Coronilla, contacté un día con Escudier –algo mucho más complicado de lo que a priori pudiera pensarse- y cerré con él un día para nuestra charleta, de la que sacaría mi texto, que versaba más sobre su madre que sobre él.

Recuerdo que quedamos en la Venta de Vargas y estuvimos moviendo el bigote un par de horas. Allí, al albur de una berza gitana, Escudier y yo nos hicimos amigos, con independencia, además, de si mi texto le gustara no. A veces yo le escribía algún mensaje que tardaba días en contestar; ya se sabe, la gente del cine es así. La cosa es que cuando fui a presentar mi novela (sí, la del tío que ahorcan dos veces) a la librería Casa Tomada de Sevilla, le mandé un mensajito y allí que hizo acto de presencia el tío. Acompañado del talentoso escritor Carlos Frontera fui desgranando los misterios de la trama mientras podía ver a Escudier prestando la máxima atención a mis palabras. Cuando acabó la presentación, vino a despedirse porque se tenía que marchar y me dijo que la película la haría él. Yo sonreí.

Siempre teníamos esa broma nuestra, como privada; yo le decía que él iba a ser mi Tarantino y él me mandaba cosas, me contaba cómo desarrollaría la historia; incluso me envió el dossier de una película de la productora en la que trabajaba, Womack Studios, dirigida por José Carlos Conde, y organizó un hilo de mails titulado como mi novela. Meses después, Conde leyó cuarenta páginas de A la velocidad de la noche y dijo que quería meterle mano al proyecto. El resultado, ya lo ha podido leer usted y, dios lo quiera, ojalá pueda acabar en un cine.

Pero lo que yo quería era hablar hoy de José Escudier, eremita enamorado, calidad salinera, un director de cine inmejorable: porque como un Spielberg andaluz ha conseguido hacerme soñar. Gracias, Escudier; gracias, picha.

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