Tiro piedras sobre mi propio tejado, no cabe duda. Vengo hoy a reflexionar sobre esa subvención o ayuda gubernamental de cuatrocientos euros a los jóvenes de dieciocho años para que, con ella, puedan consumir cultura. Así, por las buenas. Consumir algo que no sea alcohol es algo interesante si nos referimos a los jóvenes. Hemos pasado de ser consumidores y tener muchos derechos a que nos restrinjan o aviven los consumos. La problemática de la terminología, esa sintáxis, esa gramática, que brillan por su ausencia en el borrador de carta enviada al monarca marroquí -dicen- por Pedro Sánchez y su gabinete de becarios. Pero vuelvo a la cultura. Sin duda es uno de los sectores socioeconómicos más maltratados en los últimos tiempos, aunque ello es bastante lógico porque los últimos tiempos han sido sanguinarios, epidemiológicos y luctuosos. Si hablamos del cine, comprobamos que los ingresos en taquilla han disminuido un ¿70%? los últimos años. Hoy día, gastarse dos millones de euros en una peli puede suponer una taquilla de doscientos mil euros. Por eso la industria cinematográfica se ha convertido en una suerte de localizadora de ayudas y subvenciones.

También podemos hablar del mundo del libro, donde las editoriales arriesgan poco aunque la gente, encerrada en sus casas, ha vuelto a refugiarse en las páginas de obras que la sedujeran, apartándola de una realidad desgarradora. Arriesgan poco, los editores, salvo que enfundados en un falso feminismo den su primera oportunidad a una fresca, atractiva y multiseguida en redes, joven de menos de treinta años, porque ahora es eso lo que hay que hacer. Arriesgar en pos del feminismo, y de nuestros balances contables, claro está.

Permítanme que discrepe respecto a esta novísima medida del gobierno Sánchez que da un talón a los jóvenes igual que aquel cheque bebé para "comprar cultura" a cara de perro. En primer lugar porque un chico de dieciocho años es un adolescente, y como ya he dicho no hace mucho, adolece. Si le dejan elegir, ese joven se pulirá el presupuesto en plataformas digitales, suscripciones, onlyfans y paparruchas por el estilo. Aún así, podría dar por bueno el sistema y dar un voto de confianza en la juventud -que a veces llega por sorpresa y te deja sin palabras- si no fuera porque el momento es totalmente inadecuado.

España tiene la inflación al 7% y al ciudadano medio -un consumidor sin 400 pavos que gastar en libros y vinilos- lo están friendo los poderes fácticos entre la disparatada factura de la luz, la subida del gas, los clavazos del surtidor de diésel, la carestía de la leche, las huelgas de transportistas (que incluso amenazan el reparto de cerveza, cosa que preocupa a más de un adolescente) y con el país entero planteándose a qué viene ahora la traición al Sáhara. Encima nos dicen con toda la desvergüenza habitual que la culpa es de Putin. Sí, hombre, ya. En tiempos de tribulaciones no hay que hacer mudanzas, dice el refranero. Cuando la economía está endeble, mejor no gastar el dinero que no tienes. Y menos en brindis electoralistas al sol. Hay que ser mejor gestor, señor Sánchez.

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