Puente de Ureña

La araña ciega de la nostalgia

Recuerdo que cuando era joven me daba tristeza esta etapa del año, que a lo mejor era porque había muerto Berenguer

El sol cuando amanece es más naranja, más fruto de cosecha, más admisible, casi como un dios egipcio. Es un sol otoñal, un sol casi empujado por el levante, cuando llega el ruido antes que el viento.

En la calle Real, los castaños de indias doran sus hojas viejas, para tañido de refrán antiguo. Frondis arboris delapsae, ludibri ventis sunt. Hojas del árbol caído… En las huertas abandonadas entre chumberas muertas, las higueras de ramas deshojadas, parecen candelabros para apuntalar la oscuridad del otoño.

Entonces es cuando quedo atrapado en la tela de araña ciega de la nostalgia. Recuerdo que cuando era joven me daba tristeza esta etapa del año, que a lo mejor era porque había muerto Berenguer, lo que me llevaba, inexorablemente a Vallejo: ¿Ignora que la noche está enterrada/ con espuelas detrás de la cocina? Sí. Tras lo turbio, lo oculto. A lo peor lo dijo porque la noche quita cuerpo y el día, alma.

El pobre otoño frío ya. El otoño de amenazas políticas, todas calientes y desatentas para el contribuyente. Las nubes mientras impregnadas de fuego bañarán los ocasos, tiznarán esa muerte naranja del dios Atón.

Todo así. En orden y desconcierto. En un hacer la vida, dura, difícil y amarga, solitaria y agresiva.

Por eso me ciño al otoño. Al eco de la parra, racimos recién vendimiados, hojas corrugadas, cepas retorcidas, para que todo lo negativo se refleje mejor en el poema de Rubén Darío: Hombres de España poliforme /finos andaluces sonoros/amantes de zambras y toros/astures que entre peñascos/aprendisteis a amar a la augusta/Libertad…

Recuerdo también a Gracián. Y leyendo su Oráculo Manual, empiezo a rememorar las batallas contra unos y otros en las guerras del lenguaje. Poetas del árbol caídos/ juguetes de soberbia son. Su definición preclara; el nervio del estilo consiste en la intensa profundidad del verbo. Verbos con fuerza de viento otoñal.

En fin, caen las hojas, los conceptos, los preceptos, las conciencias infusas, según convengan.

Afuera en la marisma, ésa que rodea a la Isla, abandonada, seca y terrosa, el agostamiento del verano se confunde con el dorado otoño. -Lo que está por hacer, está por acabar- y la tarde pasa con ataúdes viejos de melancolía. Un envejecimiento de los días. Una reentré en los tiempos de duda y soledad. El aire toma su color de las nubes que acaso, nacaradas, son tonos de los tiempos y el otoño. Que hasta la espuma juega a ser agua en la orilla. Y también es la Isla que tenemos.

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