Un niño
El agujero del indio
Nadie sabe quién era el Indio del Agujero, último superviviente de una tribu de la Amazonia brasileña masacrada en los años 70. Él se negó a ser contactado. Vivía solo. Cazaba, recolectaba, cultivaba maíz. El pasado agosto lo encontraron muerto en su choza. Tumbado en su hamaca, con un tocado de plumas de guacamayo, parecía haber esperado la muerte. Debía tener mi edad. En estos días leo que si la crisis climática eleva la temperatura en 4 grados se acabaría la Amazonia. Vengo de la "ceja de selva" peruana: jamás he visto algo tan bello. Era la reserva del lago Sandoval, en el río Tambopata. Nada más traspasar la primera línea de árboles uno se sumerge en una dimensión sonora, una sinfonía de collares de cascabeles de intensidad variable. Todo es masa en movimiento: de día pasan las enormes mariposas azules, los pequeños colibríes que suenan como drones, el bicho palo como un helicóptero con hélices arriba y abajo, las hormigas cortadoras que desfilan interminables con sus trocitos de hojas a la espalda. El suelo es una espesa alfombra vegetal: nievan las semillas envueltas en algodón de las altas ceibas. Hay árboles que andan y árboles que estrangulan a otros árboles. A la salida y a la caída del sol toman posiciones cientos de monos que agitan hojas y quiebran ramas en los aguajales en un festín de salto y estropicio. Pasan las parejas de cotorras cotorreando incansables. Alrededor del lago viven parejas de aves prehistóricas que roncan asmáticas como si estuvieras en Jurassic Park. Si alumbras en la noche los millones de mosquitos que se ciernen sobre el agua como estelas fosforescentes, comprendes que estás sumergido en el líquido amniótico de un gran vientre vivo. Arriba se ven los ojos de la constelación de la Llama, que mira a la Cruz del Sur. En la oscuridad acechan silenciosos los cazadores -el caimán, la tarántula-. Cierro los ojos. Soy el indio que cavaba agujeros en las chozas que iba abandonando, como quien paga a la tierra por el cobijo. La hamaca se mece suavemente. Sueño que remonto la constelación de Amaru, la serpiente cósmica. Vuelo por un río lechoso de estrellas a impulsos de mis brillantes alas azules de guacamayo.
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