Escribir una columna quincenal, con el ritmo de los acontecimientos actuales, implica, forzosamente, dejar escapar buenos temas. De modo que es posible que hoy, solo una semana después del acontecimiento que sacudió el mundo y nos hizo apartar la mirada de Ucrania y las gasolineras, lo de Will Smith parezca tan viejo como El Príncipe de Bel-Air.

A riesgo de parecer pasada de moda, retomo el asunto que nos ha tenido días hablando de los límites del humor y de la vigencia de los roles de machos salvadores. Como de todo esto ya se ha escrito para un par de tesis, pasaré a otro de los ángulos de debate: la violencia.

¿Cómo es posible que un señor hecho y derecho, trajeado, delante de cientos de invitados y millones de espectadores, no sea capaz de reprimir un impulso, por más hiriente que sea un comentario? ¿De verdad no puede mantener el temple y encontrar una respuesta alternativa? No se trata de dejar pasar el chiste, ni de tragarse el orgullo. Pero precisamente a Will Smith no le iban a faltar altavoces para expresar su condena y exigir disculpas. Podría haber tenido una reacción igual de contundente y mucho más madura (y respetuosa con su pareja, pero en ese tema hoy no me meto) si simplemente hubiera mostrado un poco de autocontrol.

Tampoco me cuadra el episodio con un momento de descompostura, con un calentón. Eso hubiera sido igual de condenable pero, al menos, podría explicarse por un fugaz cruce de cables. Pero no, no fue una bofetada impulsiva. Tuvo tiempo de escuchar, levantarse de su butaca, cruzar un escenario y propinar el golpe; tuvo metros para arrepentirse y no lo hizo.

Por último, su reacción en un contexto tan medido y expuesto hace que me pregunte cómo podría responder en un entorno privado. Puede que sea prejuicioso por mi parte, pero es para darle una vuelta. Cuando uno de mis hijos insulta a su hermano delante de mí, se lleva una buena bronca: si con testigos tienes este comportamiento, les digo, qué no harás cuando yo no te esté viendo. Y eso que ellos, pese a su edad, nunca han llegado al nivel de agresividad del actor.

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