Somos poco dados a seguir el dicho de “cuando las barbas de tu vecino…” y así nos fue -no solo aquí, en todo el mundo- en los inicios del coronavirus. Entiendo que se trataba de una crisis sin precedentes en su impacto, global y, sobre todo, desconocida. Los expertos se reconocían desconcertados; gobiernos y administraciones se vieron sobrepasados. Por eso, pese a los bandazos en la estrategia, entendí que se estaba haciendo lo posible, o al menos se intentaba.

Lo de ahora ya me suena a guasa. Que los máximos responsables de garantizar la vuelta a las aulas se reúnan para abordar el asunto un 27 de agosto es de chiste. Sé que se ha trabajado, me consta. Las Comunidades Autónomas han elaborado sus protocolos, los centros educativos han dedicado el verano a preparar este atípico curso. Pero está claro que no ha sido suficiente. El trabajo no está terminado, y esta vez estábamos advertidos. Los padres no tienen ni idea, y los docentes navegan entre la resignación, la incertidumbre y la indignación.

No es suficiente establecer normas sin dotar de medios para que se puedan cumplir. No es de recibo dejar decisiones técnicas a equipos directivos que son expertos en docencia, no virólogos. No pueden establecerse guías de actuación interpretables e incompletas, sobre las que habrá que improvisar -otra vez- cuando se presenten nuevos escenarios de riesgo que no se han contemplado.

Y no, no se puede abordar la vuelta al cole como si fuera un asunto puntual de distancia entre pupitres y edad para el uso de las mascarillas, porque tiene una dimensión mucho más amplia. Hay muchos chicos para los que ir a clase es la única ventana a una realidad diferente a la complicada situación de sus casas. Esta brecha no se resuelve con un portátil, ¿renunciamos a esta función de la escuela como integradora? Las familias, ¿podrán conciliar? ¿El mercado laboral permitirá a los progenitores quedarse en casa a cuidar a un niño al que le han suspendido las clases porque en su clase se ha detectado un positivo? ¿De verdad no ha habido tiempo de pensar en todo esto? Es descorazonador.

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