El Alambique

Enrique Bartolomé

ebartolomeabogado@msn.com

Silencio en La Caridad

El sonido armonioso y natural, en la caída de la tarde del pasado Jueves de Pasión, puso el contrapunto al vía crucis del Cristo del Amor, en el convento de las hermanas clarisas capuchinas. Cerca de la Cañada del Verdugo. De teloneros, tórtolas, mirlos, jilgueros, verdecillos y gorriones; dando paso -en los estertores del día- a lechuzas, mochuelos y cárabos. Solemnidad y fervor. Riguroso silencio humano impregnó una tarde para discurrir y recordar.

Fue entre 1943 y 1958, cuando lo hiciera en viacrucis por los aledaños del Convento de las Capuchinas, de la calle larga, en la tarde del viernes santo. Desde 1975, la imagen del crucificado acompaña a las hermanas en la capilla del actual convento en el cerro de la Caridad.

En una de sus últimas salidas tuve el honor de participar –hábito de monje de por medio- y acompañar al Cristo hasta el penal de La Victoria. Hace tiempo ya, pero a estas alturas me afirmo cuando oteo el pasado más reciente. Sobre todo cuando hay voces que llegan a manifestar “que no todo tiempo pasado fue mejor”. Los que somos de aquí (de toda la vida) debemos implicarnos en los trazos de nuestra historia. Que no es otra (nos pongamos como nos pongamos) que la historia viva de El Puerto.

En menos ocasiones de las que quisiera, peregrino hasta el convento. Contemplo        -como si fuese ayer, cuando llegábamos al penal-, la imagen del crucificado. La dureza de sus rasgos, llagas y desgarros, disparan mis sensaciones. Que se acomodan cuando observo con detenimiento las facciones serenas y placidas del rostro. La muerte y la vida.

Para los creyentes un asidero inigualable, para los que no, la contemplación de la talla del Cristo del Amor supone acercarse a valores artísticos difíciles de encontrar. Acerquémonos y contemplemos esta joya en la Capilla de las hermanas clarisas. Solemnidad, compostura, seriedad. Emoción contenida en el vía crucis.

Desde la atalaya del Cerro de la Caridad -al fondo la bahía-, uno de los poemas del alma de Benedetti. El silencio del mar: “…pero cuando estos ojos se hartan de baldosas/ y esperan entre el llano y las colinas/ o en calles que se cierran en más calles/ entonces sí me siento náufrago y solo el mar puede salvarme.” Y me quedo en paz.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios